jueves, 5 de julio de 2012

Xavier Dolan, un prematuro cineasta

 En Canadá también está Europa




Xavier Dolan
Está confirmándose ya un gran director -al mismo tiempo que gran actor-, de esos que podrán ser citados referencialmente en los Cahieurs du Cinema, apuntalando su cine. Así como es posible encontrar el cine de Xavier Dolan en otros, principalmente franceses, será posible encontrar en otros el cine de Dolan. No es necesaria la originalidad en el cine, sino la huella que con él se hace. Una película es un gran pie que puede pisar firme, fuerte, como el pie puede también torcerse, resbalarse y borronear la huella. Ya en su segunda película, y a los 21 años, este director canadiense que pone sus historias en Québec, reafirma un modo de contar historias, lo que también puede entenderse como estilo no meramente estético, mas sí con diáfana intensión narrativa. El "aire" contrariado en sus encuadres de plano-contraplano puede ser visto como la estética por la estética, pero me pregunto si esto no sucede si se mira ingenuamente un travelling de Hitchcock. Que quede claro, no los asemejo. Cuando se refiere a los grandes ejemplos es con la intención que tendría un estudiante de ingeniería al recurrir a los grandes matemáticos griegos; recordar de dónde venimos, pues como me manifestó una amiga hace unos días, está todo dicho pero aun no lo he dicho yo. A lo que pretendo llegar es a lo siguiente: la estética de Dolan parece, en sus dos primeras películas, el resultado de una búsqueda personal que se hace sin desechar su visión inherente del mundo. 
Yo maté a mi madre (Dolan, 2009)
Me hizo pensar algo acerca de la naturalidad del canadiense: son europeos, derivados franceses, amurallados por estadounidenses. Esa es una contradicción cultural muy fuerte, una lucha en la que no pueden bajar los brazos ni un instante. Dolan muestra estar ganando esa pulseada contra el clasicismo y se muestra vencido al modernismo de la Nouvelle Vague. Allí están Rohmer, Clement y todo ese cine francés contemporáneo que no cesa de exportarse al mundo como un "cine de situación". En cambio se devela en su estrucutura el clacisismo narrativo, puesto que las situaciones se predisponen a un desenlace que, tanto en "Yo maté a mi madre" (2009), como en "Los amores imaginarios" (2010), tiende a lo cíclico.
Los Amores imaginarios (Dolan, 2010)
La homosexualidad no es más exhibida de lo que la heterosexualidad ha sido en el romanticismo del cine. Choca contra el mundo. Hubert recibe una paliza en el internado de "Yo maté a mi madre" -quizás es de las pocas cosas de las que pudo prescindir el film-. Nicolas (Niels Schneider) le pregunta anonadado a Francis, el otro personaje homosexual interpretado por Dolan en "Los amores imaginarios"; "¿cómo pudiste pensar que era homosexual?", en un gran acto de incomprensión. 
Este jovencísimo director acepta estar influenciado por el mundo en que vive, pero no lo exalta, lo asume en su justa medida, lo exhibe sin poder evitarlo y como excusa del mundo de sus personajes. Siempre se presenta como un gran dilema para el artista luchar contra el mundo en que vive. Dolan nos recuerda que a veces basta con dejarse llevar por él. El videoclip invade el mundo, su montaje invade la percepción de los espectadores, ¿por qué no jugar con ese subconsciente cuando se es realizador y reciclarlo para una pieza artística? No contempla como Rohmer, pero Rohmer no nació en la era de la inmediatez de la imagen. Supo nutrirse de la necesidad que el contexto le imponía, y lo hizo de una manera única. Este mismo juego se impone Dolan para con el mundo que habita. Recuerden, recurro a Rohmer por pura ontología. Recurro a Dolan por pura contemporaneidad y encanto.