jueves, 5 de julio de 2012

Xavier Dolan, un prematuro cineasta

 En Canadá también está Europa




Xavier Dolan
Está confirmándose ya un gran director -al mismo tiempo que gran actor-, de esos que podrán ser citados referencialmente en los Cahieurs du Cinema, apuntalando su cine. Así como es posible encontrar el cine de Xavier Dolan en otros, principalmente franceses, será posible encontrar en otros el cine de Dolan. No es necesaria la originalidad en el cine, sino la huella que con él se hace. Una película es un gran pie que puede pisar firme, fuerte, como el pie puede también torcerse, resbalarse y borronear la huella. Ya en su segunda película, y a los 21 años, este director canadiense que pone sus historias en Québec, reafirma un modo de contar historias, lo que también puede entenderse como estilo no meramente estético, mas sí con diáfana intensión narrativa. El "aire" contrariado en sus encuadres de plano-contraplano puede ser visto como la estética por la estética, pero me pregunto si esto no sucede si se mira ingenuamente un travelling de Hitchcock. Que quede claro, no los asemejo. Cuando se refiere a los grandes ejemplos es con la intención que tendría un estudiante de ingeniería al recurrir a los grandes matemáticos griegos; recordar de dónde venimos, pues como me manifestó una amiga hace unos días, está todo dicho pero aun no lo he dicho yo. A lo que pretendo llegar es a lo siguiente: la estética de Dolan parece, en sus dos primeras películas, el resultado de una búsqueda personal que se hace sin desechar su visión inherente del mundo. 
Yo maté a mi madre (Dolan, 2009)
Me hizo pensar algo acerca de la naturalidad del canadiense: son europeos, derivados franceses, amurallados por estadounidenses. Esa es una contradicción cultural muy fuerte, una lucha en la que no pueden bajar los brazos ni un instante. Dolan muestra estar ganando esa pulseada contra el clasicismo y se muestra vencido al modernismo de la Nouvelle Vague. Allí están Rohmer, Clement y todo ese cine francés contemporáneo que no cesa de exportarse al mundo como un "cine de situación". En cambio se devela en su estrucutura el clacisismo narrativo, puesto que las situaciones se predisponen a un desenlace que, tanto en "Yo maté a mi madre" (2009), como en "Los amores imaginarios" (2010), tiende a lo cíclico.
Los Amores imaginarios (Dolan, 2010)
La homosexualidad no es más exhibida de lo que la heterosexualidad ha sido en el romanticismo del cine. Choca contra el mundo. Hubert recibe una paliza en el internado de "Yo maté a mi madre" -quizás es de las pocas cosas de las que pudo prescindir el film-. Nicolas (Niels Schneider) le pregunta anonadado a Francis, el otro personaje homosexual interpretado por Dolan en "Los amores imaginarios"; "¿cómo pudiste pensar que era homosexual?", en un gran acto de incomprensión. 
Este jovencísimo director acepta estar influenciado por el mundo en que vive, pero no lo exalta, lo asume en su justa medida, lo exhibe sin poder evitarlo y como excusa del mundo de sus personajes. Siempre se presenta como un gran dilema para el artista luchar contra el mundo en que vive. Dolan nos recuerda que a veces basta con dejarse llevar por él. El videoclip invade el mundo, su montaje invade la percepción de los espectadores, ¿por qué no jugar con ese subconsciente cuando se es realizador y reciclarlo para una pieza artística? No contempla como Rohmer, pero Rohmer no nació en la era de la inmediatez de la imagen. Supo nutrirse de la necesidad que el contexto le imponía, y lo hizo de una manera única. Este mismo juego se impone Dolan para con el mundo que habita. Recuerden, recurro a Rohmer por pura ontología. Recurro a Dolan por pura contemporaneidad y encanto.

miércoles, 20 de junio de 2012

Uku – Ukai (Audrius Stonys)

Rescatando del archivo un trabajo de Taller de Realización Documental (Prof. Gerardo Castelli)



Cuando terminé de ver esta película no supe qué había visto. Cuando volví a verla por segunda vez supe menos aún. Cuando la vi por tercera vez entendí que no había que buscar un algo claro y que cada nueva oportunidad que le diera a esta película iba a confundirme más, porque encontraría cosas nuevas que me llevarían por caminos distintos -en realidad, sin notarlo, la estaba comprendiendo un poco más-. Pero igualmente así, uno se encuentra al final de esta película con una sensación satisfactoria de lo que acaba de ver. Las imágenes son bellas, siguen una misma estética, y narran. Por sobre todas las cosas narran, por sí solas y unas con otras. Todas las imágenes son parte de una misma película y la búsqueda es clara.
            Uku Ukai es una película que gira en torno al cuerpo. El cuerpo como espacio privado, disciplinado, como espacio íntimo y liberador. Las imágenes motivan a estar dentro de un cuerpo, a quererlo, a darle el lugar que se merece, como si la novedad fuese que Stonys descubriera que el cuerpo es aquello que inviste nuestro interior. Y nuestro interior es aquello que verdaderamente nos mueve (y no el cuerpo), como sí sucede con ese perro que persigue a la cámara y es puro instinto. Todas nociones generadas y transmitidas a través de las imágenes, poéticas.
            Es placentero encontrarse con un cineasta que entiende que el cine es una arte de imágenes y no de palabras, que para eso ya está la literatura. Las palabras, como las imágenes, deben ser justas, precisas y sintéticas. Cada plano es una pieza más de un puzzle que se irá hilvanando en el discurrir de la película. Los planos pretenden contribuir en cada segundo de su duración. Esto es un punto esencial en Stonys: el manejo del tiempo. Las situaciones progresan y la linealidad es fragmentada. Ninguna imagen es olvidada porque cada una deja su huella y cada imagen nueva vale gracias a la huella de la anterior. Es en este tipo de actitudes que se puede percibir una película que cuida y defiende cada imagen, creando, además de placer visual, un macroespacio en el que conviven cada una de las situaciones.
Audrius Stonys
            La cámara se hace cómplice, se entromete desde la lejanía de un zoom y se aleja desde la cercanía de un macro -movimiento óptico que nos permite la cercanía con los detalles de las nimiedades-. Recorre entusiasta un cuerpo que no conoce ni reconocerá, acompaña el movimiento de alguien que corre, toma distancia y vuelve a acercarse y siempre observa. La cámara se fija y se observa todo lo que pase por su lente. Se mueve sobre una línea recta y no titubea en sus movimientos, que contrariamente, son de una gran prolijidad. La cámara está decidida y esa seguridad lo muestra a Stonys en una búsqueda orientada, haciendo su película y no la de alguien más, planteando una puesta en escena pero sin dejar de documentar.
            Así comienza la película, con un primer plano fijo y objetos extremadamente desenfocados para que sean los protagonistas los que entren en cuadro y no la cámara la que los haga entrar. Es una manera intrigante de comenzar y de adelantarnos que esa intriga estará durante el transcurso de la película (más aun una vez acabada). Es la manera que Stonys toma para construir, para narrar. Nos hace participar de situaciones que no comprendemos en su totalidad, que no sabemos dónde ni para qué se desarrollan, incluso nos genera constantemente la pregunta; “¿con qué motivo Stonys nos está mostrando eso?”. Y si bien en un primer momento nos puede resultar que hay algo de azaroso en todo esto, poco a poco vamos comprendiendo que no. Que nos está queriendo contar algo con ese contenido y con esa forma que elige para mostrar.
            El sonido se transforma en un gran aliado para la narración. Nos proporciona su información precisa (escuchamos los sonidos emitidos por las esponjas y pinceles de la esteticista pero no vemos sobre qué trabaja). En el segundo plano de la película se nos presenta a la mujer que está siendo maquillada y es este segundo plano (de composición muy armoniosa) que establece el ritmo de la película. En ese segundo plano se conoce la contemplación de Stonys. La acción transcurre hasta que se agota (por eso la precisión en las imágenes), pero se la deja transcurrir y eso es contemplar hasta donde se necesita. Además luego sabremos que esa imagen es una de entre tantas que en Uku Ukai nos hacen contemplar el disciplinamiento del cuerpo, su cuidado estético, el diferente uso que una y otra persona le otorga.
            Pero las acciones de Stonys no solo transcurren con la duración misma de cada plano (es decir, por un montaje que permite contemplar y disfrutar de la observación), también su discurrir está dado por la sucesión de planos sobre una misma situación que rota los puntos de vista. En la introducción de la película Stonys rodea a los personajes y posiciona la cámara de una manera equidistante. Nos presenta la película sin alterar las distancias, el valor de plano (primeros planos) y cambiando las posiciones desde las cuales es vista la escena que construye. Eso nos da la sensación de rodeo y fragmentación del tiempo. Todo esto es acompañado por una cuasi cámara fija que corrige tan levemente que hace al movimiento prácticamente imperceptible y entrega un absoluto protagonismo al movimiento de los personajes retratados, que por el encuadre con el que son tomados son movimientos notorios. Así el espectador se irá preparando para ver esta película de treinta minutos.
            La voz off de una mujer nos invita, cual una meditación, a que nosotros como espectadores nos dejemos llevar, entremos en su mundo y sumemos de un modo onírico una imagen tras otra. Uku Ukai es una meditación que nos pretende trasladar a un espacio otro. Stonys elige una mujer para su voz off, quizás porque por su calidez tímbrica brinde más paz que la de un hombre. La tonalidad de la mujer se asemeja a la de una madre que pretende adormecer a su niño. Sin dudas, el director lituano trabaja minuciosamente los elementos para construir esta película, porque esa intención de tranquilidad, relajación, de paz, que pretende transmitir la película está lograda, tanto por lo que las imágenes muestran como por la forma y el lugar que se le da a cada una de esas imágenes.
            Poetiza las situaciones, muchas triviales, como es un hombre que corre por la ciudad. Lo encuadra de tal manera que lo aleja un poco del documental para acercarlo a la ficción, sin olvidar el pacto que ya hizo con nosotros. El corredor es perseguido por la cámara pero en ningún momento lo nota (aunque resulte difícil creer que no lo sepa). La cámara continúa con la misma actitud; es el hombre con sus movimientos el que hace avanzar a la cámara. El encuadre cerrado y la distancia con el personaje retratado, además del casi inexistente sonido ambiente, refuerzan el mundo interior que se quiere reflejar. Tengo la sensación de que esta es una película que retrata a las personas relacionadas consigo mismas, dentro de un entorno, de un contexto, abrazadas por sus propios cuerpos y sus propias almas, y digo sensación porque ésta es una película de sensaciones enraizadas en imágenes contundentes y sustanciosas.
            La música de piano y el violín tienen sus propios aportes climáticos, además de funcionar como separadora de situaciones. Es claro que para Stonys la música no debe ilustrar o simplemente apoyar las imágenes sino que debe llevar su propia información consigo. Por eso se vale de los elementos y juega con ellos. El sonido también juega su gran papel, demarcando movimientos, haciendo sonar las nimiedades que mueven sus imágenes, porque en sus planos observacionales hay que acompañar al pequeño movimiento de unas hojas que flotan en el agua y así es que el sonido está trabajado de tal forma que se transmite esa sensación de tranquilidad conjunto al movimiento.
            A su vez se vale del sonido de planos que vendrán para anticiparlo en sus planos anteriores, no como una simple transición donde lo único importante fuera la continuidad forzada (por no decir inexistente) entre los planos sino como una continuidad sonora que pretende mantener la atmósfera que se plantea para la película, ese clima de meditación, donde apenas se oyen algunos pájaros. El contacto de las personas con la naturaleza no está únicamente en las imágenes.
            El hombre corre y justamente hace avanzar la historia. Hay una evidente puesta en escena de este personaje que es tomado siempre de un modo distinto, a una distancia variable, posicionándose de maneras diversas frente a él, aunque nunca a sus espaldas, lo cual pueda resultar un comentario irrelevante pero es a partir de la construcción de este personaje que nos introducimos en cada submundo de cada personaje. Precisamente, los personajes se plantean de espalda cuando son una gran masa unificada que corre liberadamente, pero por eso aquí se despersonifica y generaliza; no importan los rostros sino las actitudes. Una masa que corre; una masa que libera. No es menor destacar el trato que tiene para con las imágenes, que las cuida dentro de la película que está buscando. Las imágenes tienen un ritmo propio y acorde entre ellas. La maratón es mostrada de un modo bello, sin brusquedad, ralentizando los movimientos de la imagen pero contrastadamente enfatizándolos con el sonido de caballos al galope.
Uku Ukai - Audrius Stonys (2006): Lituania.
            Creemos que esas mismas personas son las que luego entrarán en contacto con la naturaleza cuando nuevamente de espaldas entren en el agua y un nuevo contacto con la naturaleza se establezca. Las imágenes comienzan a mostrar una coherencia que las une, así la sensación sea la contraria: imágenes independientes unas de otras, pero que en realidad, y poco a poco, irán demostrando ser interdependientes. El hombre que corre se relaciona con los hombres que corren, la mujer que camina desnuda en el agua con los hombres y mujeres que entran liberadamente a refrescarse en el lago. Y el contraste entre el individuo que disfruta solitariamente de su cuerpo y el que lo hace acompañado por la masa está dado por el sonido, que precisamente hace sonar denotadamente los pasos de la maratón (como no suenan durante el andar del personaje) y la estruendosa entrada al agua (como no sucede con el personaje que atraviesa el cuadro desnudo abriéndose camino entre las hojas).
            Hay situaciones en que Stonys decide tomar distancia y simplemente observar desde planos generales, usando los cuerpos para llenar el cuadro (como en la entrada multitudinaria al lago) y hay otras situaciones en que opta por mantener distancia con el objeto filmado para mostrar el cuerpo entre la inmensidad del espacio (como el hombre que corre y que es tomado desde una terraza). Sin duda hay en la película una cuidada puesta en escena que ayuda a narrar la historia de Stonys que se vale de la realidad para darle su propio movimiento y que lo muestra, tal como debe hacer un documentalista -pienso yo-, inmerso de lleno en las situaciones, dispuesto a observar.
            Es interesante el tipo de situaciones que decidió buscar para compaginar con la corrida de este hombre. Esas situaciones son tomadas de una manera particular, con encuadres que sacan esas situaciones del contexto y que sin embargo apoyan la idea de la película como meditación. Por la manera en la que son montadas estas imágenes llevan un tinte humorístico, pero, como en una meditación, las imágenes aparecen una detrás de la otra, inconexas, pero, como en una meditación, por alguna razón están allí; una raíz las conecta. Stonys es acertado a la hora de elegir esas imágenes que continúan esa búsqueda.
            La música también tiene su tinte humorístico, y una vez más la idea que Stonys tiene sobre ella se hace patente. La voz de una niña parece flotar en la mente del personaje que corre y que además es acompañada por una percusión constante que golpea al tempo cual si fueran los pasos del hombre que corre. Es decir, Stonys no solo sumerge la música a una imagen apropiada para ella sino que a su vez la hace dialogar con la imagen, de modo que parecen necesitarse. Los planos laterales del personaje que corre (unos más abiertos que otros) adquieren otra fuerza con esta música e incluso otro protagonismo, lo que permite entrever cuán cuidadoso debe ser el uso de la música para con una imagen.
            La manera en que aborda al personaje que corre es un ejemplo de su actitud como cineasta, que se sumerge en las situaciones y una vez inmerso se dispone a observar de diferentes maneras. Lo mismo sucede con la señora de los juanetes, con la que convive y contempla mientras camina en la pequeña habitación de la casa. Sin dudas que durante la filmación de esa convivencia hubo un acuerdo de puesta en escena, pero en ningún momento las imágenes pierden espontaneidad, en parte porque se mantiene una distancia muy respetuosa con la persona filmada (esto es una constante de la película). Y mientras, las imágenes continúan discurriendo, planos que refieren a la naturaleza se van intercalando, como lo que es. Algo que está entre nosotros, con toda esa quietud que a veces nos hace falta (la quietud y la paz que Stonys busca en Uku Ukai) y que nos hace contemplar con la misma importancia que tienen los planos que narran el vivir de las personas. Los árboles aparecen solos y como compañía de lo urbano. Algo similar ocurre con Portrait, de Sergei Losnitza, donde el paisaje es contemplado en conjunto con el hombre pero de manera independiente, como un paisaje que lo rodea (recordemos que es presentado por paneos que prácticamente alcanzan a trazar un círculo).
            Esta película parece esconder una planificación detrás, porque su compaginación parece estar a la medida de lo que el cineasta buscó. Pero sin embargo también existe en mí la sensación de que Stonys busca y después se queda únicamente con la esencia de aquello que encontró. Y reelabora el material, como en esa escena donde la señora de los juanetes lee en su sillón y mientras pasa las páginas el sonido off de un reloj (tic-tac) invade completamente la habitación y se justifica cuando al plano siguiente la señora programa su despertador y levemente (lejano) se oye ese reloj que estaba en la habitación anterior. Ahora Stonys se basa en el sonido para continuar su historia, además de introducir un parámetro de tiempo que hasta allí la película no había tenido (la señora vuelve a su cama nuevamente para amanecer al otro día).
            Me hace pensar en la importancia del montaje a la hora de narrar, cuando comienza a presentar el disfrute del cuerpo. Primero la señora duerme, luego comienza la risa, posteriormente el baile y volvemos a encontrar a la señora (amanecida) detallando los juanetes de sus pies (que también disfruta de su cuerpo). Sin dudas esa imagen de la señora tendría otra fuerza si estuviera en otro lugar, pero está allí como cierre o apertura a ese disfrute. Uku Ukai abre, cierra y abre situaciones constantemente y contagia la sensación de un director que va buscando la película junto a nosotros (por más que tiene muy claro lo que está buscando).
            El ritmo de la película está dado (como habitualmente sucede) por el montaje, la duración de los planos y las acciones que en ellos suceden. Respecto a esto encontramos un montaje de planos que demandan su tiempo en concordancia a las acciones que transcurren, y esas acciones están yuxtapuestas de tal modo que se plantea el movimiento y luego la quietud, nuevamente el movimiento y nuevamente la quietud. También encontramos alguna similitud de ello con Portrait, cuando el ritmo estaba dado por la larga duración de los planos en concordancia con el casi nulo movimiento de los personajes. Como el movimiento no se lo entregaba la realidad (salvo en el último plano del fuego) el movimiento lo hacía la cámara. En Uku Ukai la cuestión varía ya que Stonys opta, en la mayoría de los planos, por contemplar el movimiento (por más mínimo que sea) desde la quietud de la cámara. Si se desplaza es artificiosamente, encima de algún coche, y manteniendo la distancia con el objeto. La cámara no entra en las situaciones e invade sino que los planos comienzan con la cámara ya habiendo invadido o con la cámara ya habiendo tomado la suficiente distancia.
            Se recorre un cuerpo en lo que podría interpretarse como un claro homenaje al comienzo de Hiroshima mon amour, Se lo fragmenta y se lo presenta de un modo singular. Se despersonaliza el cuerpo en trozos de piel. Ese cuerpo no tiene edad ni género (aunque la, pero importa como cuerpo, como representación. Allí sí la cámara invade porque se necesita de ello para construir esa representación fragmentada. No tiene una edad clara ni un género definido, decíamos, más allá de que la película trate con cuerpos añejados en contraste a los cuerpos jóvenes. Luego serán las manos sin cuerpo las que continuarán esta línea de la fragmentación. Unas manos, que por otra parte, luchan por enhebrar la aguja.
            La meditación irá terminando y se nos invita a ir abriendo nuestros ojos de a poco (curioso que un director nos pida cerrar los ojos para comenzar a ver su película y abrirlos para cuando está terminando). Comenzamos a notar que las imágenes nos fueron llevan por un camino particular, que estuvimos en un mundo construido para nuestros ojos y que de alguna manera esa paz que se pretendía transmitir ha sido incorporada. Más curioso es aún que al momento de abrir nuestros ojos la señora que hemos visto acostarse y despertarse vuelva a cerrar los ojos. Inmediatamente, el bajo comienza a presagiar un final y una de las imágenes más simbólicas de la película (aunque no haya que creer en el simbolismo de las imágenes) es la de un perro que corre libremente (como lo hacían los hombres minutos antes) pero que se transforma poco a poco en un cuerpo vencido, que cada vez le cuesta más alcanzar a la cámara. Es la representación de tiempo y la libertad en un cuerpo animal (lo cual nos lleva a nuestros verdaderos orígenes). El perro es intercalado por un cuerpo veterano (el de una experiente profesora de gimnasia) que se para frente a la cámara y rompe definitivamente con la distancia que había entre los personajes y nosotros como espectadores. Ese cuerpo no parece estar vencido, como sí el del perro cuando vuelva a ser mostrado.
            Uku Ukai termina. El último personaje es un cuerpo joven, elástico, con mucha vida por delante. Una joven que disfruta y domina su cuerpo, quizás su mejor meditación. Un plano de su mano es el último de la película. Nuevamente la fragmentación del cuerpo. Uku, en lituano, se relaciona con la nebulosa. Ukai, no está claro. El título, como la película, deja sensaciones, pero por suerte, ninguna está clara. Son películas para descubrir, bucear en ellas, sin agotarlas, sin racionalizarlas, porque Stonys nos lleva a esa dimensión del arte, que también está hecho para transmitir. Es lo maravilloso que tiene Uku Ukai; no sabemos qué nos llega ni tampoco está clara la manera en que lo hace, pero nos llega. Un algo que no sabemos que es. Un entusiasmo por volver a verla y continuar su descubrimiento. Ganas de ver cine.

Felipe Ipar

domingo, 17 de junio de 2012

Malditos Buenos Para Nada

Aquí comienzan a exponerse algunas de las absurdas traducciones que los distribuidores comerciales nos regalan, a causa de su gran miedo al fracaso, miedo lógico si se concibe esto sistemáticamente, empresarialemente, y que ha llevado, entre otras cosas, a una nueva entrada en este blog. Entiendo que muchas veces las traducciones literales son igual o más inútiles que las fallidas; el punto también radica en la escasa sensibilidad respecto al film, puesto que muchas de esas falsas traducciones atacan y bastardean los propios contenidos del largometraje. Quizás esto sea fruto de la obsesión española por defender el idioma evitando la contaminación del mismo, pero cuánto más rico si se contamina y nos amplía el vocabulario. Asumamos que existe lo intraducible y que entonces, tal es el caso de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), debemos dejarlos tal cual nacieron. Invito a las cámaras invisibles que están del otro lado de esta pantalla a que colaboren con esta campaña contra los detractores del homónimo:

1- "Un Nuevo Amanecer" = Just Add Water (Hart Bochner, 2008) que debió traducirse literalmente como: Basta con añadir agua. Idea no menor una vez que se visualiza el film, que adelanta el final de la historia, algo no menos interesante, y que cumple una función metafórica que atañe a toda la trama.








2- "Tiempos Violentos" = Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994) que debió tradicirse literalmente como: Pulp Fiction, ya que como se indica al comienzo del film, el nombre refiere a un género de historietas impreso en una calidad de papel extraída de la pulpa de la corteza y que ha determinado -esta calidad del material en que se imprime- el contenido que transmite a los lectores. 







3- "Heartbeats" (Latidos del Corazón) = Les Amours Imaginaires (Xavier Dolan, 2010) que debió traducirse literalemtente como: Los Amores Imaginarios, que además sintetiza la relación que motiva todo el desarrollo de la historia, puesto que el amor existe solo en la imaginación de los personajes que luchan.







4- "La pícara puritana" = The Awful Truth (Leo McCarey, 1937) que debió traducirse literalmente como La verdad asquerosa, que por cierto está escondida permanentemente en los comportamientos de Cary Grant, por más que todo el peso anecdótico de la infidelidad esté puesto sobre el personaje interpretado por Irene Dunne. De todos modos sucede aquí que en la equívoca traducción comercial hay consecuentes razones argumentativas que terminan reflejando la ingenuidad de la gran comediante de este clásico del cine norteamericano. Esta película no existiría sin una pícara puritana que la sustente.

lunes, 30 de abril de 2012

Mediana

Medianeras (Gustavo Taretto, 2011)

NO PREJUZGO PERO NO PREFIERO

Sin ánimo de ponerme crítico en favor o en contra. Hubo cosas que me gustaron y otras que no las prefiero tanto a la hora de ver cine. Simplemente eso. La voz en off del inicio me atrapó hasta que dejó de hacerlo, mientras me encantaba el montaje en concordancia con los compases de la música, jugando sobre los cuatro tiempos, con la libertad pop que se permite la música occidental. Si bien el contenido de esa voz en off comenzó a atraparme, al tiempo que me preguntaba qué había sido primero, el rodaje o la escritura, embelesado por las imágenes justas, comencé a hundirme en el colchón -y no de sueño- al enterarme características esenciales de composición de los personajes que hubiera preferido enterarme por otras vías, pero claro, no era mi película, y esto que recién asumo me ha llevado tantas veces al atrevimiento que es bueno recordármelo. Las mentes habladoras de los personajes expusieron todo el subtexto, y sin enojo surgió de mí exhalar un ¡qué pena, podría ser tan interesante! El conflicto de ambos personajes es realmente profundo y mundano, pasible de ser reflexivo sobre una sociedad que nos va encerrando -y así surgen los frustrados bloggers-, en cambio todo comienza a superficializarse y en ese tironeo quedé como espectador. Se dio un fenómeno paradojal e interesante -lo expreso ciertamente sin ironía-: lo subyacente se pone en la superficie y lo superficial (lo denotativo) se manda a un segundo plano de la historia, como sucede con la necesidad sexual de Martín (Javier Drolas) y la obsesión por el diseño en Mariana (Pilar López de Ayala). Dato aparte: no pude dejar de ver a Robert Downey Jr. en Javier Drolas, me llama mucho la atención la versatilidad de Inés Efrón y agradezco la presencia de Carla Peterson con toda la sensualidad que la caracteriza y que me ha cautivado desde la serie televisiva Son Amores (Pol-ka, 2002/2004).
La ironía del humor puesta en conflictos que son presumiblemente serios, rasgo fuerte de buena parte del cine argentino, fue lo que me mantuvo de ojos bien abiertos e interesado, no en la historia en sí ni en su resolución que es valientemente anunciada en el film sino en sus nimiedades cotidianas. Tal como rescata Jorge Drexler de Eric Rohmer; "amar la trama más que el desenlace". De todas formas el montaje me deja la sensación de no animarse a instalar la contemplación y entonces decidirse a resumir las acciones, fragmentarlas, mostrar su síntesis para dar cuenta de un todo, y allí ya no puedo poner más a Rohmer en esta comparación que no exige más que quien escribe, y sucede un prejuicio en mí, discutiblemente desafortunado: el film termina de acercarse a un más al producto publicitario, dada su forma narrativa, sus resoluciones, la preponderancia de unas cosas sobre otras e inevitablemente la humanidad de los personajes comienza a esfumarse -algo que no es delito, ni mucho menos; adoro muchas películas que se juegan a hacerlo-. Me desestabiliza recordar que esta historia parte de un conflicto netamente humano y sensible (posiblemente no tanto por la manera en que esto fue mostrado sino como concepto establecido). Me empieza a pasar que los recursos se entremezclan y se pelean, y nuevamente me reprocho el exigir siempre la autoría, pues me cuesta despersonalizar una obra de arte. Que se entienda, aquí se ve un director, pero no de los que gusto encontrarme, decididos por una forma estilística -al menos para lo que comprende la duración del filme-. Es como si el cuadro pretendiera ser naturalista/realista/pop-art/cubista/futurista. Queda como resultado algo un poco kitsch, que no prejuzgo pero que no prefiero. Sin embargo disfruté enormemente la alusión a El día de la marmota (Harold Ramis, 1993) y la convivencia del famoso libro de Martin Handford ¿Dónde está Wally?, que le entrega a la película un final para reírse de ella misma con todo su desarrollo. Tiene de bueno algo que las buenas películas tienen: no es tan sencillo formar una opinión a su respecto. Cada uno debe verla y dejar de leerme en este instante, o leerme para estar en total desacuerdo. Aborresco de las órdenes en el arte, ¡pero esto es una órden!

domingo, 8 de abril de 2012

Yo no soy maricón

DESDE PERÚ UN SENTIMIENTO REFLEXIVO



Llega a mis manos esta película. El nombre no me seducía demasiado. Luego de finalizada la película ha tomado más valor. Tres actores protagonistas de distintas nacionalidades. Un actor boliviano (Miguel), un actor colombiano (Santiago) y una actriz peruana (Mariela) protagonizan un trío amoroso. La cámara no se mueve a menos que los personajes lo hagan. El ritmo y los encuadres me recordaron a La teta asustada (Claudia Llosa, 2009). Reflexión poco innovadora pero no menos reflexiva: qué importante el montaje, que siempre determina el orden en que las cosas son presentadas. Antes de sentarnos presenciamos la muerte, y esta película no avanza sin ella, tampoco sin el amor (la vida no avanza sin la muerte y sin amor, de allí supongo que vendrá el protagonismo que estos dos "seres" ocupan en el arte; por amor y por muerte el arte se mueve). La cámara elige qué mostrar y maneja sutilezas, quizás no aparezca tanta sutileza internamente, dentro del cuadro (aunque tampoco está exenta de ésta; ya destacaremos sobre el final de este comentario un caso). Los cuadros pictóricos que generan el conflicto y que luego lo desenlazan son anunciados por el personaje que los descubre, aunque no parece descubrirlos sino encontrarlos. Algo genial maneja esta historia. Lo ilusorio se planta como real y cotidiano, a la par de lo que no lo es, y funciona entonces como metáfora de todo lo que no quisimos ver aunque siempre estuvo allí. Un personaje ilusorio el de Santiago (Manolo Cardona) que permite a Miguel (Cristian Mercado) convivir con todo lo temido. Su homosexualidad se puede convertir en ilusoriamente visible y solo así Miguel logra lanzarse, pero para sorpresa de Miguel, en la ausencia de Santiago comienza a visibilizarse su relación homosexual en el pueblo, a través de sus legados: los cuadros pictóricos. Los planos se abren y nos enseñan la importancia de mostrar un paisaje en su soledad, la soledad y el aislamiento que estos dos personajes necesitaban para existir como pareja. Un hijo se interpone y nos hace reflexionar acerca de por qué Miguel sería menos padre que un heterosexual. El amor hacia su hijo no depende de ello. El amor hacia su mujer sí, y por ello necesita devolver el cuerpo de Santiago al mar; entonces el comienzo de la película se torna de una contundencia vital. La toma inicial que aguarda al cuerpo desde debajo del agua para verlo irse hacia las profundidades nos hace pensar que esa cámara tenía vida, y está a la espera de un segundo suceso. No entendemos por qué de pronto la cámara se sumerge tan omnisciente. Este plano adquiere su verdadera importancia cuando en la segunda muerte no vuelve sumergirse, en cambio conocemos ya la sensación del cuerpo que se sumerge. La cámara en este film se mueve para funcionar como puntos de vista. Nunca había reflexionado acerca de esto, tan simple; los plano-contraplano, así tengan referencia, adquieren su importancia no como espías detrás de las espaldas de los personajes sino como fuertes y decididos puntos de vista. Las situaciones elegidas desde el guión logran establecer una asunción de la homosexualidad, primero por las individualidades para luego caer como consecuencia en el conjunto de personas que integran ese pueblo. Los primeros planos dejan traslucir en la mirada de los personajes un sentimiento en común en la maravillosa escena del final cuando el pueblo acompaña desde la acción misma o desde la contemplación (como nosotros los espectadores) la liberación del cuerpo de Santiago al mar, encomendado a Miguel, el pescador del pueblo. Finalmente cada uno de ellos deja de ver en Miguel al homosexual del pueblo para estar con la persona en su esencia, en su ser, que es lo que verdaderamente vale en cada uno de nosotros. Ellos aceptan a Miguel tal cual es y como quiere ser una vez que Miguel se acepta a sí mismo y carga el cuerpo delante de todos los habitantes del pueblo. Esto es mostrado a través del lenguaje cinematográfico, que una vez más parece establecerse como "el arte de las miradas". Hablan las miradas, hablan los planos, hablan las distancias y habla el montaje. Como consecuencia Javier Fuentes-León hace hablar al cine, lo hace existir, en esta última escena que me hizo aflorar las emociones. No quiero pensar más acerca de ello, ahora es turno de sentir.

De esta teta chupó Julieta

Dramaturgia Cinematográfica


El cine se obsesiona por el realismo, por la linealidad del tiempo. El continuista se vuelve esencial en un rodaje. Las julietas, de Marianella Morena hace convivir las temporalidades. En el vestuario, en los objetos, se entremezclan los tiempos que refieren a los '50, al tiempo que allí estamos. La historia de una compañía teatral se convierte en la excusa perfecta para narrar fragmentada y anecdóticamente la historia de Romeo y Julieta. Sin evidenciar y evidenciando, esta paradoja se convierte en el lenguaje. Es que las artes narrativas manejan este binomio de gran modo. Mostrar sin mostrar, dar pistas sin desconcertar, incluso cuando se trata de David Lynch. Poner sobre la mesa la idea de que menos es más. Hablar de nuestra sociedad a través de su idiosincrasia. Perder el miedo a que algo no se entienda, si se confía en que haya suficientes razones para mantener al espectador expectante, inmerso, entretenido, es decir, "tenerlo-entre". La obra se ríe de si misma, de los espectadores que pagan entrada por cosas que no tienen sentido, y todos comenzamos a jugar un mismo juego. Eso es entretener, jugar un mismo juego. No suelo ver las cosas repetidamente a menos que esté esa alma indescifrable que me lleva a hacerlo. Esta fue la quinta. Hay algo en la manera de contar que me persuade y que solo he encontrado en Lynch y en Raúl Ruiz- -esto seguramente hable de mi ignorancia-. Me pregunto si el rompimiento de estructuras lineales, el juego con el tiempo indefinido, la necesidad de contar sin miedos, no las toma el cine de este tipo de valentías teatrales. Pues a mí me dan ganas de hacerlo. Contar La gaviota de Chéjov de un modo distinto, sabiendo que una cosa es el cine y la otra es el teatro, pero asumiendo que hay tanto que una le puede pedir prestado a la otra.

sábado, 7 de abril de 2012

Se pule la colmena

MÚSICA EN 16:9    


Estos muchachos vieron cine. Esconden atmósferas detrás de sus canciones. Escenas que se fusionan como parte de una misma historia. Dos discos de una misma colmena. Maravilloso quiebre el de It's ok, al tiempo que me es imposible no sentir la fuerza de Leonard Cohen sobre las imágenes de Natural Born Killers[1]  en My head[2] . El universo sonoro masterizado con las notas distorsionadas de una guitarra, se interfieren, como en un montaje alterno, dos imágenes conviven, se yuxtaponen y se retroalimentan y es claramente el final de la historia. Es Corazonoro. La oscuridad en Expiación me lleva a una habitación y allí dos personas, saludándose y despidiéndose. Esa imagen figurada en la organización de la canción, con dos esquemas que se repiten al llegar al final, me generan una conversación de palabras iguales, sin permitir que el segundo termine de cantarle "solo pido dar la vuelta", y entonces confiesa "solo pido dar", y de inmediato "sentir que ya no hay más que hablar" para ultimar diciendo "ojos que no encuentran paz", y una vez más. Cuando la canción va a caer, vuelve a nacer, esta vez con un universo que perturba, y entonces nos deja el aliento de esos versos que no volvieron. Decisiones de montaje, predisposición del orden, la forma en compañía de la historia.

         Un genial megáfono distorsionado en Chispas de luna me hace pensar en buenos títulos cinematográficos y una cita felliniana en Sin más nos dice "y ahora por fin la nave va". A diferencia de los "Goodfellas" de Scorsese, ustedes sí que son buenos, muchachos. Salú, y un brindis por los artistas que no se encierran únicamente en su arte. Por si no convence, el arte del disco es mérito exclusivo de Pedro Dalton.



[1] Oliver Stone (1994): Estados Unidos.
[2] Autoría de Mariana Mendina y B.M.

domingo, 25 de marzo de 2012

Hugo, un tiempo que fue hermoso

DE MANERA BREVE, UN DIRECTOR


Había terminado un trabajo sobre La isla siniestra[1]  por el que había comenzado a adentrarme en el cine de Martin Scorsese. Era uno de los ciento de directores que aún hoy me esperan y parte de tantos otros que me esperarán por siempre. Claro que con este tipo de directores, tan prolíficos pero sobretodo tan amplios en sus aguas de indagación, siempre resta para sentirse sumergido. Había visto varias de sus películas, pero todavía lejano a la "totalidad", si es que el sustantivo conviene ser usado para un artista tan vasto (si es que conviene ser usado en el arte) dado que Scorsese es de esos cineastas que exigen una frecuente re-visitación. Da la sensación de que con él uno descubriera la perspicacia del director sobre el mismo arte que el propio director está confeccionando, expulsada de sí, lo nuevo se convierte en maravilloso y uno piensa y siente: "esto es lo que quiero hacer; por qué no hacer Mean Streets[2] en algún barrio montevideano". Sin temerle a los genios, que logran esa simpleza que pone a colación el pensamiento, "no parece que sea tan difícil", continué y continuaré intentando acercarme más, no para asemejarme (intento anodino cien por cien) sino para tratar de entender un poco más acerca de cómo funciona el cine, y quizás entonces el suyo; se trata de reflexionar "con la excusa de Martin Scorsese"[3] ¡Vaya excusa que me he impuesto! El cine de autor se convierte en mérito y nos permite desentrañar las cuestiones más inefables del cine, quizás para nunca contestarlas, pero siempre recordando que no es la presencia de respuestas sino la ausencia de preguntas lo que puede matar amores. El precepto de el cine según el cine es intrínseco e inherente al séptimo arte -y abarcativo a las demás-, y aun no nos ha defraudado, de modo que nos impulsa a seguir las manos del pintor, aprender de su trazo, sentarse más cerca de su butaca.
Entonces leí que Scorsese se inauguraba con una película infantil y que se llamaría Hugo. Cuando entré en la sala de cine, ya habiéndome llevado la sorpresa del maldito doblaje castellano, vi que el gráfico exponía: La invención de Hugo Cabret[4]. Prefería la solemnidad del primer nombre, pero como sucedió con ese doblaje que me tuvo inquieto los primeros instantes, todo se diluyó y se transformó en una máquina de emociones. De inmediato recordé After Hours[5] y su experimentación para narrar con una cámara inquieta, que recorre, que persigue al personaje y se aleja de él con el fin de volver a encontrarlo. Movimientos de cámara que desembocan en una película narrada en primera persona. Una puesta en escena que apunta a jugarse de compañía de Hugo Cabret para hacerlo funcionar como narrador intradiegético, intrépido, que aunque es narratóloga y conoce lo que va a contar también deja lugar para sorprenderse con nosotros, los espectadores. Resulta aliviador ver una puesta en escena que sabe que cuenta con el 3D como herramienta narrativa y no como mero adorno comercial-industrial. Transitamos los recovecos, nos tiramos por los toboganes, trastabillamos con el personaje, sentimos el vértigo del tren que se descarrila en la estación de Montparnasse.
La presencia de Scorsese en el film, manipulando una cámara pasada que funciona como la gran responsable de su pasión presente. Su melomanía puesta en el rock & roll, con vertiente jazzística, siempre está en sus películas, de una manera o de otra. El coraje para filmar siempre sale de allí. La actitud de aceptar nuevos desafíos y querer desafiarse, de creer en las ideas que para muchos otros pueden ser locuras, son inflexiones que lo han investido de director desafiante. En términos rockeros La invención de Hugo Cabret es para Scorsese lo que fue para Eric Clapton intergrar la superbanda que devino en The Yardbirds. Como pedirle a los Beatles que vuelvan al sonido de Please, Please me[6], pedirle a Scorsese que vuelva a filmar Who's that knocking at my door?[7] en este siglo XXI de cámaras estereoscópicas no sería reclamarle su esencia, y por la contraria, implicaría desconocerle que La invención de Hugo Cabret se debe también a Who's that knocking at my door? De todas maneras, presiento que como el anciano se convierte en niño después de haber vivido una vida que aun sigue viviendo, Scorsese comenzará el revés de esta rueda y con todo su cine sobre los hombros comenzará el descenso rumbo a aquel Olimpo juvenil de Little Italy. De pronto recuerdo el hábitat de nuestro protagonista, un niño huérfano y vagabundo acusado de ser ladrón (Asa Butterfield[8]), como si la consecuencia de su condición fuera inevitablemente la delincuencia; así lo concibe quien rige el orden para esta sociedad (espero no estar sumergido en un análisis clasista; cosa más detestable y anticuada, de las muchas herencias que la Guerra Fría nos ha dejado); sin dudas Scorsese tiende a ponerse del lado de los indefensos (característica que Tarantino ha tomado por la contraria). Ya había pasado en Shutter Island con Teddy Daniels (Leonardo di Caprio, aunque habrái que debatirse la indefensividad del personaje), en After hours con Paul Hackett (Griffin Dunne), en La última tentación de Cristo[9] con Jesús (Willem Dafoe, con su aparente estilo ofensivo); de allí su encanto, sin necesidad de llegar a ser La pasión de Cristo[10] ¿Por qué olvidar el anhelo adolescente que tenía Martin por investirse de eclesiástico? Veía en ellos el respeto de una sociedad toda, con el agregado (y esto era lo que más fascinaba al joven Martin) de convertirse en esa figura tan respetada incluso por los gánsteres. También se aferra al personaje de Johnny Boy (Robert de Niro) en Mean Streets para defenderlo y utilizar así, de la misma manera que en Hugo, al co-protagonista y entonces rescatar los valores de la amistad, la fidelidad ante los otros. Isabelle (Chloë Grace Moretz) lo defiende ante el Inspector de Estación (Sacha Baron Cohen[11]), tal como hace Charlie (Harvey Keitel) cuando protege las deudas de Johnny Boy.
Siempre me ha inquietado la presencia de los directores en sus propios films. Distintos son los casos de Charles Chaplin, Woody Allen, Nanni Moretti (por nombrar cuatro de manera ominosa); peor sea quizás el caso de Roberto Begnini, pues no parece imprescindible su presencia en las historias que narra (sin atender su mayor hit). Eastwood lo maneja de manera distinta, porque en la universalización de sus historias él mismo se pone responsabilidad en los asuntos, deja de mirar desde afuera. Scorsese, sin la evidencia hitchcockiana, encuentra la manera y el espacio para figurar en el filme. Esta vez apoderado de esa cámara que permitió el cine, como único habitante del plano, ansioso por saludar, mientras nos recuerda, por si es grande la ceguera, que siempre está El hombre de la cámara[12]. 
Scorsese, fundador de la World Cinema Foundation, pone el valor de esas mal llamadas "películas viejas". Rescata el concepto de Bogdanovich, una vez más, recordándonos que están las películas que hemos visto y las que no hemos visto, pues el cine exige que las tomemos en serio, porque en Meliés y en Lumiere ya estaba todo lo que hasta el día de hoy nos seguimos preguntando. Como si esto fuera poco, Scorsese se da el gusto de rodar trozos de Meliés; un singular "remake" que no se actualiza y se esfuerza por conservar su tiempo de génesis, tanto en las cuestiones técnico-estéticas como narrativas. Y en lo narrativo se inmiscuye el 3D estereoscópico proporcionado por James Cameron. Scorsese le roba a Cameron alguno de sus técnicos para trabajar junto a Richardson en la fotografía. Eastwood le pide prestado a di Caprio para rodar  J. Edgar[13]. Scrosese, como en Kundun[14], vuelve a cruzar fronteras para apropiarse de las historias. Esta vez rumbo a la ciudad del amor y entonces tiene en su haber, como buen cinéfilo, las dos ciudades más filmadas de la historia del cine: Nueva York y París. Muestra nuestra pérdida de ingenuidad ante el cine, nos invita a ponernos por encima del público de los hermanos Lumiére cuando socorría por ese tren que se venía hacia el lente de la cámara. Ahora, necesitado de otros artificios nos sube a ese tren de la estación de Montparnasse, nos transmite el mismo vértigo al que nos ha acostumbrado, y nos hace pensar que a pesar de los más de cien años de historia, a pesar de nuestra cotidianidad con las imágenes, a pesar de la espectacularización, el cine sigue siendo uno solo, esencial, y en cuya ontología está escondida la misma ingenuidad de la que tanto nos creemos distantes. A pesar de los detractores, gracias Scorsese por recuperar mi cinefilia.


[1] (Martin Scorsese, 2010): Estados Unidos.
[2] (Martin Scorsese, 1973): Estados Unidos.
[3] Losilla, Carlos. Cahiers du Cinema. “Evoluciones de la autoría (con la excusa de Martin Scorsese)”. Marzo, 2010, N°32. p.6.
[4] Javier Porta Fouz, en su columna desfavorable al film en la revista El Amante cine, establece que no logra entender cuál es la invención del personaje. Creo que allí radica el sentido metafórico y conectado al cine (más allá de que el título le pertenece a Selznick); el autómata es una creación de Hugo más allá de ser un reciclaje. Él lo reinventa, le vuelve a entregar la vida con sus propias piezas, y aunque ya estaba inventado es su nuevo invento. Pero cuando llega el momento de reconocerle la autoría a su nuevo dueño lo hace, se lo entrega y le dice que le pertenece enteramente. Me pregunto si el autómata no es el cine y entonces Hugo el director.
[5] Scorsese (1985): Estados Unidos.
[6] The Beatles. EMI Studios (1963).
[7](Martin Scorsese, 1967): Estados Unidos.
[8] ¿Lo recuerdan en El niño con el pijama de rayas (Mark Herman, 2008)?
[9] (Martin Scorsese, 1988): Estados Unidos & Canadá.
[10] (Mel Gibson, 2004): Estados Unidos.
[11] Protagonista de Borat (Larry Charles, 2006).
[12] (Dziga Vertov, 1929): Unión Soviética.
[13] (Clint Eastwood, 2011): Estados Unidos.
[14] (Martin Scorsese, 1997): Estados Unidos.

Referencias:

- Revista El amante cine. Febrero 2012. N°236. "Polémica: La invención de Hugo Cabret de Martin Scorsese. Trenes, cine y libros".
- Revista Caiman Cuadernos de Cine. Febrero 2012. N°2 (53). "Martin Scorsese. La invención de Hugo Cabret".
- Revista Cahiers du Cinema España. Marzo 2010. N°22. "Shutter Island. Martin Scorsese".
- CHRISTIE, Ian y David Thompson; Martin Scorsese por Martin Scorsese, Alba Editorial, Barcelona, 1989.