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| Medianeras (Gustavo Taretto, 2011) |
Sin ánimo de ponerme crítico en favor o en contra. Hubo cosas que me gustaron y otras que no las prefiero tanto a la hora de ver cine. Simplemente eso. La voz en off del inicio me atrapó hasta que dejó de hacerlo, mientras me encantaba el montaje en concordancia con los compases de la música, jugando sobre los cuatro tiempos, con la libertad pop que se permite la música occidental. Si bien el contenido de esa voz en off comenzó a atraparme, al tiempo que me preguntaba qué había sido primero, el rodaje o la escritura, embelesado por las imágenes justas, comencé a hundirme en el colchón -y no de sueño- al enterarme características esenciales de composición de los personajes que hubiera preferido enterarme por otras vías, pero claro, no era mi película, y esto que recién asumo me ha llevado tantas veces al atrevimiento que es bueno recordármelo. Las mentes habladoras de los personajes expusieron todo el subtexto, y sin enojo surgió de mí exhalar un ¡qué pena, podría ser tan interesante! El conflicto de ambos personajes es realmente profundo y mundano, pasible de ser reflexivo sobre una sociedad que nos va encerrando -y así surgen los frustrados bloggers-, en cambio todo comienza a superficializarse y en ese tironeo quedé como espectador. Se dio un fenómeno paradojal e interesante -lo expreso ciertamente sin ironía-: lo subyacente se pone en la superficie y lo superficial (lo denotativo) se manda a un segundo plano de la historia, como sucede con la necesidad sexual de Martín (Javier Drolas) y la obsesión por el diseño en Mariana (Pilar López de Ayala). Dato aparte: no pude dejar de ver a Robert Downey Jr. en Javier Drolas, me llama mucho la atención la versatilidad de Inés Efrón y agradezco la presencia de Carla Peterson con toda la sensualidad que la caracteriza y que me ha cautivado desde la serie televisiva Son Amores (Pol-ka, 2002/2004).
La ironía del humor puesta en conflictos que son presumiblemente serios, rasgo fuerte de buena parte del cine argentino, fue lo que me mantuvo de ojos bien abiertos e interesado, no en la historia en sí ni en su resolución que es valientemente anunciada en el film sino en sus nimiedades cotidianas. Tal como rescata Jorge Drexler de Eric Rohmer; "amar la trama más que el desenlace". De todas formas el montaje me deja la sensación de no animarse a instalar la contemplación y entonces decidirse a resumir las acciones, fragmentarlas, mostrar su síntesis para dar cuenta de un todo, y allí ya no puedo poner más a Rohmer en esta comparación que no exige más que quien escribe, y sucede un prejuicio en mí, discutiblemente desafortunado: el film termina de acercarse a un más al producto publicitario, dada su forma narrativa, sus resoluciones, la preponderancia de unas cosas sobre otras e inevitablemente la humanidad de los personajes comienza a esfumarse -algo que no es delito, ni mucho menos; adoro muchas películas que se juegan a hacerlo-. Me desestabiliza recordar que esta historia parte de un conflicto netamente humano y sensible (posiblemente no tanto por la manera en que esto fue mostrado sino como concepto establecido). Me empieza a pasar que los recursos se entremezclan y se pelean, y nuevamente me reprocho el exigir siempre la autoría, pues me cuesta despersonalizar una obra de arte. Que se entienda, aquí se ve un director, pero no de los que gusto encontrarme, decididos por una forma estilística -al menos para lo que comprende la duración del filme-. Es como si el cuadro pretendiera ser naturalista/realista/pop-art/cubista/futurista. Queda como resultado algo un poco kitsch, que no prejuzgo pero que no prefiero. Sin embargo disfruté enormemente la alusión a El día de la marmota (Harold Ramis, 1993) y la convivencia del famoso libro de Martin Handford ¿Dónde está Wally?, que le entrega a la película un final para reírse de ella misma con todo su desarrollo. Tiene de bueno algo que las buenas películas tienen: no es tan sencillo formar una opinión a su respecto. Cada uno debe verla y dejar de leerme en este instante, o leerme para estar en total desacuerdo. Aborresco de las órdenes en el arte, ¡pero esto es una órden!
