lunes, 30 de abril de 2012

Mediana

Medianeras (Gustavo Taretto, 2011)

NO PREJUZGO PERO NO PREFIERO

Sin ánimo de ponerme crítico en favor o en contra. Hubo cosas que me gustaron y otras que no las prefiero tanto a la hora de ver cine. Simplemente eso. La voz en off del inicio me atrapó hasta que dejó de hacerlo, mientras me encantaba el montaje en concordancia con los compases de la música, jugando sobre los cuatro tiempos, con la libertad pop que se permite la música occidental. Si bien el contenido de esa voz en off comenzó a atraparme, al tiempo que me preguntaba qué había sido primero, el rodaje o la escritura, embelesado por las imágenes justas, comencé a hundirme en el colchón -y no de sueño- al enterarme características esenciales de composición de los personajes que hubiera preferido enterarme por otras vías, pero claro, no era mi película, y esto que recién asumo me ha llevado tantas veces al atrevimiento que es bueno recordármelo. Las mentes habladoras de los personajes expusieron todo el subtexto, y sin enojo surgió de mí exhalar un ¡qué pena, podría ser tan interesante! El conflicto de ambos personajes es realmente profundo y mundano, pasible de ser reflexivo sobre una sociedad que nos va encerrando -y así surgen los frustrados bloggers-, en cambio todo comienza a superficializarse y en ese tironeo quedé como espectador. Se dio un fenómeno paradojal e interesante -lo expreso ciertamente sin ironía-: lo subyacente se pone en la superficie y lo superficial (lo denotativo) se manda a un segundo plano de la historia, como sucede con la necesidad sexual de Martín (Javier Drolas) y la obsesión por el diseño en Mariana (Pilar López de Ayala). Dato aparte: no pude dejar de ver a Robert Downey Jr. en Javier Drolas, me llama mucho la atención la versatilidad de Inés Efrón y agradezco la presencia de Carla Peterson con toda la sensualidad que la caracteriza y que me ha cautivado desde la serie televisiva Son Amores (Pol-ka, 2002/2004).
La ironía del humor puesta en conflictos que son presumiblemente serios, rasgo fuerte de buena parte del cine argentino, fue lo que me mantuvo de ojos bien abiertos e interesado, no en la historia en sí ni en su resolución que es valientemente anunciada en el film sino en sus nimiedades cotidianas. Tal como rescata Jorge Drexler de Eric Rohmer; "amar la trama más que el desenlace". De todas formas el montaje me deja la sensación de no animarse a instalar la contemplación y entonces decidirse a resumir las acciones, fragmentarlas, mostrar su síntesis para dar cuenta de un todo, y allí ya no puedo poner más a Rohmer en esta comparación que no exige más que quien escribe, y sucede un prejuicio en mí, discutiblemente desafortunado: el film termina de acercarse a un más al producto publicitario, dada su forma narrativa, sus resoluciones, la preponderancia de unas cosas sobre otras e inevitablemente la humanidad de los personajes comienza a esfumarse -algo que no es delito, ni mucho menos; adoro muchas películas que se juegan a hacerlo-. Me desestabiliza recordar que esta historia parte de un conflicto netamente humano y sensible (posiblemente no tanto por la manera en que esto fue mostrado sino como concepto establecido). Me empieza a pasar que los recursos se entremezclan y se pelean, y nuevamente me reprocho el exigir siempre la autoría, pues me cuesta despersonalizar una obra de arte. Que se entienda, aquí se ve un director, pero no de los que gusto encontrarme, decididos por una forma estilística -al menos para lo que comprende la duración del filme-. Es como si el cuadro pretendiera ser naturalista/realista/pop-art/cubista/futurista. Queda como resultado algo un poco kitsch, que no prejuzgo pero que no prefiero. Sin embargo disfruté enormemente la alusión a El día de la marmota (Harold Ramis, 1993) y la convivencia del famoso libro de Martin Handford ¿Dónde está Wally?, que le entrega a la película un final para reírse de ella misma con todo su desarrollo. Tiene de bueno algo que las buenas películas tienen: no es tan sencillo formar una opinión a su respecto. Cada uno debe verla y dejar de leerme en este instante, o leerme para estar en total desacuerdo. Aborresco de las órdenes en el arte, ¡pero esto es una órden!

domingo, 8 de abril de 2012

Yo no soy maricón

DESDE PERÚ UN SENTIMIENTO REFLEXIVO



Llega a mis manos esta película. El nombre no me seducía demasiado. Luego de finalizada la película ha tomado más valor. Tres actores protagonistas de distintas nacionalidades. Un actor boliviano (Miguel), un actor colombiano (Santiago) y una actriz peruana (Mariela) protagonizan un trío amoroso. La cámara no se mueve a menos que los personajes lo hagan. El ritmo y los encuadres me recordaron a La teta asustada (Claudia Llosa, 2009). Reflexión poco innovadora pero no menos reflexiva: qué importante el montaje, que siempre determina el orden en que las cosas son presentadas. Antes de sentarnos presenciamos la muerte, y esta película no avanza sin ella, tampoco sin el amor (la vida no avanza sin la muerte y sin amor, de allí supongo que vendrá el protagonismo que estos dos "seres" ocupan en el arte; por amor y por muerte el arte se mueve). La cámara elige qué mostrar y maneja sutilezas, quizás no aparezca tanta sutileza internamente, dentro del cuadro (aunque tampoco está exenta de ésta; ya destacaremos sobre el final de este comentario un caso). Los cuadros pictóricos que generan el conflicto y que luego lo desenlazan son anunciados por el personaje que los descubre, aunque no parece descubrirlos sino encontrarlos. Algo genial maneja esta historia. Lo ilusorio se planta como real y cotidiano, a la par de lo que no lo es, y funciona entonces como metáfora de todo lo que no quisimos ver aunque siempre estuvo allí. Un personaje ilusorio el de Santiago (Manolo Cardona) que permite a Miguel (Cristian Mercado) convivir con todo lo temido. Su homosexualidad se puede convertir en ilusoriamente visible y solo así Miguel logra lanzarse, pero para sorpresa de Miguel, en la ausencia de Santiago comienza a visibilizarse su relación homosexual en el pueblo, a través de sus legados: los cuadros pictóricos. Los planos se abren y nos enseñan la importancia de mostrar un paisaje en su soledad, la soledad y el aislamiento que estos dos personajes necesitaban para existir como pareja. Un hijo se interpone y nos hace reflexionar acerca de por qué Miguel sería menos padre que un heterosexual. El amor hacia su hijo no depende de ello. El amor hacia su mujer sí, y por ello necesita devolver el cuerpo de Santiago al mar; entonces el comienzo de la película se torna de una contundencia vital. La toma inicial que aguarda al cuerpo desde debajo del agua para verlo irse hacia las profundidades nos hace pensar que esa cámara tenía vida, y está a la espera de un segundo suceso. No entendemos por qué de pronto la cámara se sumerge tan omnisciente. Este plano adquiere su verdadera importancia cuando en la segunda muerte no vuelve sumergirse, en cambio conocemos ya la sensación del cuerpo que se sumerge. La cámara en este film se mueve para funcionar como puntos de vista. Nunca había reflexionado acerca de esto, tan simple; los plano-contraplano, así tengan referencia, adquieren su importancia no como espías detrás de las espaldas de los personajes sino como fuertes y decididos puntos de vista. Las situaciones elegidas desde el guión logran establecer una asunción de la homosexualidad, primero por las individualidades para luego caer como consecuencia en el conjunto de personas que integran ese pueblo. Los primeros planos dejan traslucir en la mirada de los personajes un sentimiento en común en la maravillosa escena del final cuando el pueblo acompaña desde la acción misma o desde la contemplación (como nosotros los espectadores) la liberación del cuerpo de Santiago al mar, encomendado a Miguel, el pescador del pueblo. Finalmente cada uno de ellos deja de ver en Miguel al homosexual del pueblo para estar con la persona en su esencia, en su ser, que es lo que verdaderamente vale en cada uno de nosotros. Ellos aceptan a Miguel tal cual es y como quiere ser una vez que Miguel se acepta a sí mismo y carga el cuerpo delante de todos los habitantes del pueblo. Esto es mostrado a través del lenguaje cinematográfico, que una vez más parece establecerse como "el arte de las miradas". Hablan las miradas, hablan los planos, hablan las distancias y habla el montaje. Como consecuencia Javier Fuentes-León hace hablar al cine, lo hace existir, en esta última escena que me hizo aflorar las emociones. No quiero pensar más acerca de ello, ahora es turno de sentir.

De esta teta chupó Julieta

Dramaturgia Cinematográfica


El cine se obsesiona por el realismo, por la linealidad del tiempo. El continuista se vuelve esencial en un rodaje. Las julietas, de Marianella Morena hace convivir las temporalidades. En el vestuario, en los objetos, se entremezclan los tiempos que refieren a los '50, al tiempo que allí estamos. La historia de una compañía teatral se convierte en la excusa perfecta para narrar fragmentada y anecdóticamente la historia de Romeo y Julieta. Sin evidenciar y evidenciando, esta paradoja se convierte en el lenguaje. Es que las artes narrativas manejan este binomio de gran modo. Mostrar sin mostrar, dar pistas sin desconcertar, incluso cuando se trata de David Lynch. Poner sobre la mesa la idea de que menos es más. Hablar de nuestra sociedad a través de su idiosincrasia. Perder el miedo a que algo no se entienda, si se confía en que haya suficientes razones para mantener al espectador expectante, inmerso, entretenido, es decir, "tenerlo-entre". La obra se ríe de si misma, de los espectadores que pagan entrada por cosas que no tienen sentido, y todos comenzamos a jugar un mismo juego. Eso es entretener, jugar un mismo juego. No suelo ver las cosas repetidamente a menos que esté esa alma indescifrable que me lleva a hacerlo. Esta fue la quinta. Hay algo en la manera de contar que me persuade y que solo he encontrado en Lynch y en Raúl Ruiz- -esto seguramente hable de mi ignorancia-. Me pregunto si el rompimiento de estructuras lineales, el juego con el tiempo indefinido, la necesidad de contar sin miedos, no las toma el cine de este tipo de valentías teatrales. Pues a mí me dan ganas de hacerlo. Contar La gaviota de Chéjov de un modo distinto, sabiendo que una cosa es el cine y la otra es el teatro, pero asumiendo que hay tanto que una le puede pedir prestado a la otra.

sábado, 7 de abril de 2012

Se pule la colmena

MÚSICA EN 16:9    


Estos muchachos vieron cine. Esconden atmósferas detrás de sus canciones. Escenas que se fusionan como parte de una misma historia. Dos discos de una misma colmena. Maravilloso quiebre el de It's ok, al tiempo que me es imposible no sentir la fuerza de Leonard Cohen sobre las imágenes de Natural Born Killers[1]  en My head[2] . El universo sonoro masterizado con las notas distorsionadas de una guitarra, se interfieren, como en un montaje alterno, dos imágenes conviven, se yuxtaponen y se retroalimentan y es claramente el final de la historia. Es Corazonoro. La oscuridad en Expiación me lleva a una habitación y allí dos personas, saludándose y despidiéndose. Esa imagen figurada en la organización de la canción, con dos esquemas que se repiten al llegar al final, me generan una conversación de palabras iguales, sin permitir que el segundo termine de cantarle "solo pido dar la vuelta", y entonces confiesa "solo pido dar", y de inmediato "sentir que ya no hay más que hablar" para ultimar diciendo "ojos que no encuentran paz", y una vez más. Cuando la canción va a caer, vuelve a nacer, esta vez con un universo que perturba, y entonces nos deja el aliento de esos versos que no volvieron. Decisiones de montaje, predisposición del orden, la forma en compañía de la historia.

         Un genial megáfono distorsionado en Chispas de luna me hace pensar en buenos títulos cinematográficos y una cita felliniana en Sin más nos dice "y ahora por fin la nave va". A diferencia de los "Goodfellas" de Scorsese, ustedes sí que son buenos, muchachos. Salú, y un brindis por los artistas que no se encierran únicamente en su arte. Por si no convence, el arte del disco es mérito exclusivo de Pedro Dalton.



[1] Oliver Stone (1994): Estados Unidos.
[2] Autoría de Mariana Mendina y B.M.