DESDE PERÚ UN SENTIMIENTO REFLEXIVO
Llega a mis manos esta película. El nombre no me seducía demasiado. Luego de finalizada la película ha tomado más valor. Tres actores protagonistas de distintas nacionalidades. Un actor boliviano (Miguel), un actor colombiano (Santiago) y una actriz peruana (Mariela) protagonizan un trío amoroso. La cámara no se mueve a menos que los personajes lo hagan. El ritmo y los encuadres me recordaron a La teta asustada (Claudia Llosa, 2009). Reflexión poco innovadora pero no menos reflexiva: qué importante el montaje, que siempre determina el orden en que las cosas son presentadas. Antes de sentarnos presenciamos la muerte, y esta película no avanza sin ella, tampoco sin el amor (la vida no avanza sin la muerte y sin amor, de allí supongo que vendrá el protagonismo que estos dos "seres" ocupan en el arte; por amor y por muerte el arte se mueve). La cámara elige qué mostrar y maneja sutilezas, quizás no aparezca tanta sutileza internamente, dentro del cuadro (aunque tampoco está exenta de ésta; ya destacaremos sobre el final de este comentario un caso). Los cuadros pictóricos que generan el conflicto y que luego lo desenlazan son anunciados por el personaje que los descubre, aunque no parece descubrirlos sino encontrarlos. Algo genial maneja esta historia. Lo ilusorio se planta como real y cotidiano, a la par de lo que no lo es, y funciona entonces como metáfora de todo lo que no quisimos ver aunque siempre estuvo allí. Un personaje ilusorio el de Santiago (Manolo Cardona) que permite a Miguel (Cristian Mercado) convivir con todo lo temido. Su homosexualidad se puede convertir en ilusoriamente visible y solo así Miguel logra lanzarse, pero para sorpresa de Miguel, en la ausencia de Santiago comienza a visibilizarse su relación homosexual en el pueblo, a través de sus legados: los cuadros pictóricos. Los planos se abren y nos enseñan la importancia de mostrar un paisaje en su soledad, la soledad y el aislamiento que estos dos personajes necesitaban para existir como pareja. Un hijo se interpone y nos hace reflexionar acerca de por qué Miguel sería menos padre que un heterosexual. El amor hacia su hijo no depende de ello. El amor hacia su mujer sí, y por ello necesita devolver el cuerpo de Santiago al mar; entonces el comienzo de la película se torna de una contundencia vital. La toma inicial que aguarda al cuerpo desde debajo del agua para verlo irse hacia las profundidades nos hace pensar que esa cámara tenía vida, y está a la espera de un segundo suceso. No entendemos por qué de pronto la cámara se sumerge tan omnisciente. Este plano adquiere su verdadera importancia cuando en la segunda muerte no vuelve sumergirse, en cambio conocemos ya la sensación del cuerpo que se sumerge. La cámara en este film se mueve para funcionar como puntos de vista. Nunca había reflexionado acerca de esto, tan simple; los plano-contraplano, así tengan referencia, adquieren su importancia no como espías detrás de las espaldas de los personajes sino como fuertes y decididos puntos de vista. Las situaciones elegidas desde el guión logran establecer una asunción de la homosexualidad, primero por las individualidades para luego caer como consecuencia en el conjunto de personas que integran ese pueblo. Los primeros planos dejan traslucir en la mirada de los personajes un sentimiento en común en la maravillosa escena del final cuando el pueblo acompaña desde la acción misma o desde la contemplación (como nosotros los espectadores) la liberación del cuerpo de Santiago al mar, encomendado a Miguel, el pescador del pueblo. Finalmente cada uno de ellos deja de ver en Miguel al homosexual del pueblo para estar con la persona en su esencia, en su ser, que es lo que verdaderamente vale en cada uno de nosotros. Ellos aceptan a Miguel tal cual es y como quiere ser una vez que Miguel se acepta a sí mismo y carga el cuerpo delante de todos los habitantes del pueblo. Esto es mostrado a través del lenguaje cinematográfico, que una vez más parece establecerse como "el arte de las miradas". Hablan las miradas, hablan los planos, hablan las distancias y habla el montaje. Como consecuencia Javier Fuentes-León hace hablar al cine, lo hace existir, en esta última escena que me hizo aflorar las emociones. No quiero pensar más acerca de ello, ahora es turno de sentir.

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