viernes, 27 de junio de 2014

ELEMENTOS DE LA TEORÍA DE LOS CAMPOS DE PIERRE BOURDIEU (según estudio de Mónica Patricia Fortich Navarro y Álvaro Moreno Durán)

Un poco de política, un poco de cine, un campo de todo un poco


Partiendo del Derecho, como discurso que impone una lógica en la sociedad, analizamos el concepto de campo según Pierre Bourdieu:
                Se puede partir de la idea, a modo de ejemplo, de que el discurso neoliberal influye en la lógica del campo jurídico ¿En base a qué afirmamos esto? Primero deberíamos comprender el concepto de campo que propone Bourdieu. Bourdieu define al campo como un sistema de posiciones sociales que se definen unas relación con otras. “Un espacio específico en donde suceden una serie de interacciones, un sistema particular de relaciones objetivas que pueden ser de alianza o conflicto, de concurrencia o cooperación entre posiciones diferentes, socialmente definidas e instituidas, independientes de la existencia física de los agentes que la ocupan”. Los roles sociales –lugar que se ocupa en la sociedad- se definen por su relación con los otros roles, lo cual lo convierte en modelo diferencial, que se distingue a su vez barthesianamente del concepto binómico que propone el mismo Roland Barthes, por el cual todo puede ser definido por su opuesto. Estos roles sociales existen más allá de las personas que los ocupan, y por esto para Bourdieu la sociedad se mueve y existe más allá de quienes la constituyen.
                A partir de esto, Bourdieu define el campo jurídico como un “campo de batalla” en donde se lucha por el monopolio, por decidir, por tener la razón jurídica. Dentro del campo jurídico es posible hallar relaciones de conflicto, pero también de alianza, de concurrencia y de cooperación. Traslademos este razonamiento al campo conformado por quienes ejercen el poder político en un Estado. El político, por ejemplo, tiene potestad para decir qué es Derecho y qué no es. En el “campo de batalla” con el anarquista, la lucha la estaría ganando el político ¿Qué pasaría si el anarquista ganase el monopolio del campo jurídico? Sin pretensiones de contestar a esta pregunta, me digo que sería afortunado para el anarquismo encontrar la respuesta en la acción, dado que en terreno de lo filosófico lo que pretendería justamente el anarquismo es no entrar en ese “campo de batalla”. Volviendo a la perspectiva diferencial es necesario definir al anarquismo como un rol social que mantiene una relación de conflicto con el rol social político-jurídico. En términos barthesianos vuelvo a preguntarme por qué no definir al anarquismo como una entidad que necesita de un claro enemigo para definirse y para existir. Cuando un rol social gana en este campo de batalla impone entonces la razón jurídica y por lo tanto florece el “discurso hegemónico”. Como bien nos han enseñado la lingüística y la semiótica, los discursos producen sentido, es decir, hacen actuar a la sociedad de una determinada manera: los discursos se configuran como un espacio social habitable. Entonces, para cerrar este pequeño debate con una nueva pregunta que no pretendo contestarme: si el discurso jurídico consagra la visión legítima, recta, del mundo social, el anarquismo, inmerso en este “campo de batalla”, ¿pretende imponer su visión legítima?

                Los discursos esconden detrás estrategias de universalización y relaciones de dominación bien definidas. Curiosamente este argumento esconde fuertes concepciones filosóficas anarquistas. Deduzco que lo conocido como “interés general” hace que el campo se imponga con un aparente desinterés. La ciencia, por ejemplo, es utilizada como aval de prestigio para muchos discursos. Sin dudas es una más de las fantasías sociales de las que habla Bourdieu, que esconde claras relaciones de dominación, y lo que es aún más rico: dada la despersonalización que plantea Bourdieu para esta visión estructuralista de la sociedad, el campo que se impone, se impone incluso sobre aquellos que crean los campos para imponerlos, aunque ciertamente tampoco existen “aquellos”. Por eso es que se afirma que el campo jurídico y otros campos hegemónicos se exhiben a través de la ilusión, la neutralidad, la universalidad, la autonomía y el desinterés. Si profundizo mucho más allá sobre mis propias ideas correré el riesgo de imponer la lógica de mi campo mucho más de lo que pretendo. Trataré de llevar a conciencia esta idea cada vez que escriba. En conclusión, los campos construyen discursos y rigen prácticas (imponen lo que hacer y decir). El propio discurso de Bourdieu está generado a partir de un campo jurídico y social o incluso su estudio puede constituirse –institucionalizarse-como un campo que excede el agente que lo integra y compone: Pierre Bourdieu.
                Sigamos con el ejemplo de la ciencia: la ciencia se subdivide para que todos los agentes científicos tengan y conserven su posición en el campo, que siempre es lo establecido. Siguiendo con este ejemplo y con lo anteriormente mencionado es la razón pura/escolástica que pretende ser la que modifica el mundo, cuando en realidad está condicionada por los discursos que, instalados en el mundo, se imponen a la hora de establecer esa razón pura/escolástica, su propio discurso. La práctica científica y el conocimiento práctico no son la misma cosa. Aceptar los distintos espacios objetivos de la ciencia hace que no veamos la lucha de las regiones científicas por predominar en el campo. Si analizamos brevemente el mundo en el que vivimos, desmantelamos esto porque descubrimos las distintas verdades que los distintos espacios/regiones han impuesto, aunque siempre hay una verdad que predomina por sobre las otras que siempre aparentan tener su lugar. Ese “aparentar” las hace seguir existiendo legitimadas. Por esto mismo es que en el campo social muchas veces coexisten la verdad objetiva y su negación. Prácticamente no existen los campos sociales libres de esta lucha entre los distintos posicionamientos. Los agentes existen gracias a este debate entre la vida y la muerte simbólica. Esto es, de cierto modo, la génesis del “campo social”. En este “campo social” se establecen alianzas y complicidades entre actores que ocupan posiciones idénticas o similares, y se entabla una lucha de supervivencia en un esfuerzo por preservar el ser social al que se pertenece ¿Estas alianzas no son acaso los sindicatos?
                Estudiando los elementos de la teoría de los campos de Pierre Bourdieu he concluido otra sentencia no profundizada: cuanto más neoliberalismo menos control sobre los campos donde se produce y reproduce el sentido –o menos control aparente- y por lo tanto más protagonismo de ellos. A su vez, Bourdieu me despierta otra idea: todo lo que aparenta no tener violencia en realidad puede usar esa apariencia para esconder la violencia que ostenta.
Pierre Bourdieu
                Bourdieu repasa incluso las tareas de Newton y Einstein para descubrir cómo las relaciones entre los polos positivos y negativos también existen en la sociedad como relaciones de contradicción. Se va anticipando así su visión marxista. Son en definitiva, elementos sociológicos que inspiran a Bourdieu. Según Weber se dan unas relaciones específicas de acuerdo a unos arreglos y fines concretos –me pregunto si no es lo que sucede en un ómnibus cuando se da una relación concreta entre un guarda y un pasajero-; lo que Durkheim llamará funciones, haciendo una analogía con el sistema del cuerpo  humano para desarrollar su teoría de los campos: cada función se relaciona con su estructura y cada estructura con la otra. Bourdieu construye un método y analiza a partir de allí el mundo social. Las luchas de clases que planteaba Carl Marx se daban indefectiblemente en los campos que determina Bourdieu.
                Podemos jugar a hacer una analogía con el ajedrez para comprender a la sociedad como un tablero en donde cada individuo o grupo ocupa un casillero. Cada casillero es un espacio social. Esos espacios se relacionan y luchan por el poder. Cada relacionamiento conforma un campo. Los campos son estructuras y los límites para cada una de esas estructuras varían según el campo –siempre depende de cómo cada campo se relacione con los otros campos. A su vez, cada campo, en su materia, depende de sí mismo. Esto es la autonomía de la que habla Bourdieu. Ya podemos ir adelantando: dentro de cada campo siempre hay un capital en juego, que bien puede ser la adquisición de la verdad dentro de su propio campo. Por eso es que los campos también podemos identificarlos por sus intereses específicos, que no serán interés de los otros campos. De este modo nos adentramos en el concepto de habitus, pues para que funcione un campo es necesario que haya algo en juego y gente dispuesta a jugar: dos claras necesidades. Por eso, para jugar es necesario dominar el habitus de ese campo. Para que exista el campo cinematográfico es imprescindible la presencia de agentes expertos que lo hagan existir y es, por otra parte, necesaria la existencia de los ignorantes de ese campo para que el campo cinematográfico pueda distinguirse de los demás campos. Sin ánimo de caprichos, el binomio saussuriano se hace presente a la hora de definir el mundo. En otro ámbito, podríamos afirmar que los espectadores profanos del fútbol tienen como interés capital el entendimiento y la inclusión al campo de ese deporte.
                Los campos de Bourdieu no son una consecuencia de la sociedad; como tales serían fenómenos. Es la sociedad misma la que funciona con la lógica de los campos; de allí su carácter genético. La lógica del campo cinematográfico existe –como el resto de los campos-, no en tanto consecuencia del funcionamiento social sino como porción fundamental que existe y hace existir esta sociedad que nos sumerge. El campo es entonces una construcción social y cultural. Por ello los cineastas y críticos mantienen vivo al campo y lo establecen como tal y tienen por sí solos la capacidad de influir en él. El crítico y el cineasta no actúan mecánicamente en el campo cinematográfico. Validan y luchan contra las reglas de su propio campo.
                Los cineastas y críticos cinematográficos luchan en su campo por una mirada cinematográfica apropiada que debe imponerse según criterios que ellos manejan –acordes al habitus del propio campo cinematográfico- en el presente que habitan. La Nouvelle Vague de Godard y Truffaut –que no fue solo de ellos- fue claramente una lucha en el campo cinematográfico europeo de los años ’60. A través de los Cahieurs du Cinema –edición gráfica de crítica cinematográfica donde se gestó el movimiento- retuvieron y expulsaron a los cineastas y críticos que jugaban con las reglas y códigos que a su entender había que poner en funcionamiento dentro de la lógica del campo cinematográfico. Lo que justamente permite ver a la “Nouvelle Vague” como movimiento es la cohesión de mecanismos cinematográficos que llevaron a la práctica.
Jean-Luc Godard
                Cada campo tiene un lenguaje codificado que confiere poder dentro del campo a quienes se apropien de él y lo manejen. Todos los cineastas y críticos de cine comprenden la acepción específica que tienen la terminología “primer plano” o “travelling” o sabrán que “toma” y “plano” no son la misma cosa, no solo porque comparten un habitus sino porque hay un metalenguaje compartido. Indefectiblemente esta codificación compartida por el campo se transforma en un capital para ese campo. Este capital les permite al cineasta y al crítico el poder dentro de su campo, frente a los demás agentes y frente a los profanos ajenos al campo de los cuales se distinguen. Se vislumbra aquí el vínculo entre poder y verdad que Foucault tanto trabajó.
                La dialéctica del campo cinematográfico, su constante movimiento, se genera en parte por los cambios de mirada que a lo largo de la historia del cine se han ido imponiendo. Paradójicamente, los agentes que buscan mantener ese poder sobre la lógica de su campo pregonarán por la estática del campo, o como en el caso de Godard, pretender que lo único permanente sea el cambio de esa mirada cinematográfica sobre lo que se filma. Esa es también una manera de liderar el campo cinematográfico. Podría decirse, y sin perversión, que la gran mayoría de los agentes de un campo –el cinematográfico en este caso- buscan el liderazgo, por la simple legitimación que el campo les exige para subsistir. Sucede otra cierta lógica dentro de los campos –por caso el cinematográfico-, que para adquirir la legitimación es necesario promover el dinamismo de quienes ya están legitimados y por eso se trae a colación la necesaria confrontación de las miradas cinematográficas por parte de las nuevas generaciones del cine. Dominantes y dominados luchan permanentemente. El dominador promueve lo estático y se genera reglas para lograrlo. La constitución se impone y se dice de sí misma como la única norma vigente y la única vía posible para establecer los cambios. Busca mantener el estatismo del dominador. Esta lógica que sucede a nivel global puede hallarse a nivel local cuando un cineasta establece que “un travelling es una cuestión de moral” y entonces condiciona el movimiento de la cámara en muchos otros cineastas que no se atreven a moverla. Claramente, los agentes dominadores de un campo también se convierten en líderes de opinión. A su vez y por otra parte, los dominadores legitiman instituciones y las instituciones legitiman dominadores. Todo parece un gran plan en marcha que funciona casi a la perfección.
                ¿Cómo ver el habitus en el campo cinematográfico? Se ve con claridad en un rodaje. El modo en que los agentes se comportan naturalmente con la lógica de su campo. A la vez que ponen en juego las reglas del campo, las reproducen para que sean nuevamente aprehendidas. Hay un conjunto de normas y reglas que se aprenden para dominar el lenguaje cinematográfico, y estudiando a Godard un agente del campo cinematográfico puede aprender a romper las reglas establecidas de dicho lenguaje porque todos los hábitos se reflejan en la acción práctica: principio fundamental de habitus. El habitus lo sostienen los propios jugadores.
                Para que un campo funcione naturalmente es necesario e imprescindible la coexistencia de tres tipos de capitales que Bourdieu distingue en capital económico, social y cultural. El capital económico son los recursos monetarios y financieros que permiten al campo cinematográfico su existencia real, su coste para la realización y la difusión. El capital social es el entretejido de redes sociales que los propios actores del campo tejen y que va a posicionar al campo cinematográfico con un status quo respecto a la globalidad de los campos que coexisten en la sociedad humana. El capital cultural es aquel que dispone a los actores del campo de una manera y con un comportamiento. Está generado por el conocimiento impartido por las escuelas de cine y un capital simbólico que está dado en la percepción y el entrenamiento de la mirada cinematográfica que cada actor tiene. La importancia y la consecuencia que deviene del repasar la historia del cine y de vivir el campo cinematográfico es la de desentrañar y hacer existir el desarrollo de este campo que se ha ido constituyendo espacial y temporalmente. Toda esa herencia es el capital del campo cinematográfico y por ello excede la idea de capital económico. Sin dudas, el planteo de Bourdieu es claro y nos hace ver cómo el capital es constitutivo y sostenedor de la existencia del campo. Cada campo pone en juego su distintivo capital. Los intelectuales del arte cinematográfico han ayudado de gran manera a fomentar el capital cultural de este campo, tal como sucede con el Derecho o con las ciencias.
                Así como el Derecho ha impuesto la ley, devenida del positivismo científico que se justifica por el funcionamiento biológico de la naturaleza –qué importante resulta la palabra funcionamiento para abordar una lógica de los campos-, el cine también termina por pretender universalizar y legitimar su funcionamiento a través de leyes. “La ley del eje” es una norma que busca establecer estáticamente un lenguaje por parte de quienes han augurado un modo de hacer cine y es a través de este tipos de leyes que los agentes buscan conservarse en el poder del campo cinematográfico. Godard en A bout du soufflé (1959) rompe el eje y entonces puede inferirse que Belmondo se apunta a sí mismo con el arma tras la persecución de un policía, convierte ese rompimiento del eje en algo significativo, porque a través del lenguaje –usando el habitus cinematográfico- corrompe con una ley que deslegitima todo poder establecido sobre el campo hasta lograr ser él mismo el legitimado. Por ello tampoco es de significativa importancia reincidir en los mismos rompimientos godardianos, pues él ya ha sido legitimado con el rompimiento de estas leyes: “el primero que dijo el amor es una rosa fue un poeta; el segundo fue un idiota”. Esta frase ilustra perfectamente la legitimación y el dinamismo de los campos. Para mover el campo es necesario moverlo siempre de un modo distinto. Como se ha venido haciendo. Mover el campo tiene que implicar siempre una crisis de los paradigmas. Las leyes imponen habitus y el habitus se corrompe para el necesario dinamismo del campo.

                Señoras y señores, con un ustedes, una síntesis introductoria y subjetiva a Pierre Bourdieu.

No hay comentarios:

Publicar un comentario