Un poco de política, un poco de cine, un campo de todo un poco
Partiendo del Derecho, como discurso que impone una lógica en la
sociedad, analizamos el concepto de campo según Pierre Bourdieu:
Se puede partir de la idea, a
modo de ejemplo, de que el discurso neoliberal influye en la lógica del campo
jurídico ¿En base a qué afirmamos esto? Primero deberíamos comprender el
concepto de campo que propone Bourdieu. Bourdieu define al campo como un sistema de posiciones sociales que se definen unas
relación con otras. “Un espacio específico en donde suceden una serie de
interacciones, un sistema particular de relaciones objetivas que pueden ser de
alianza o conflicto, de concurrencia o cooperación entre posiciones diferentes,
socialmente definidas e instituidas, independientes de la existencia física de
los agentes que la ocupan”. Los roles sociales –lugar que se ocupa en la
sociedad- se definen por su relación con los otros roles, lo cual lo convierte
en modelo diferencial, que se distingue a su vez barthesianamente del concepto
binómico que propone el mismo Roland Barthes, por el cual todo puede ser
definido por su opuesto. Estos roles sociales existen más allá de las personas
que los ocupan, y por esto para Bourdieu la sociedad se mueve y existe más allá
de quienes la constituyen.
A partir de esto, Bourdieu
define el campo jurídico como un “campo de batalla” en donde se lucha por el
monopolio, por decidir, por tener la razón jurídica. Dentro del campo jurídico
es posible hallar relaciones de conflicto, pero también de alianza, de
concurrencia y de cooperación. Traslademos este razonamiento al campo
conformado por quienes ejercen el poder político en un Estado. El político, por
ejemplo, tiene potestad para decir qué es Derecho y qué no es. En el “campo de
batalla” con el anarquista, la lucha la estaría ganando el político ¿Qué
pasaría si el anarquista ganase el monopolio del campo jurídico? Sin
pretensiones de contestar a esta pregunta, me digo que sería afortunado para el
anarquismo encontrar la respuesta en la acción, dado que en terreno de lo
filosófico lo que pretendería justamente el anarquismo es no entrar en ese
“campo de batalla”. Volviendo a la perspectiva diferencial es necesario definir
al anarquismo como un rol social que mantiene una relación de conflicto con el
rol social político-jurídico. En términos barthesianos vuelvo a preguntarme por
qué no definir al anarquismo como una entidad que necesita de un claro enemigo
para definirse y para existir. Cuando un rol social gana en este campo de
batalla impone entonces la razón jurídica y por lo tanto florece el “discurso
hegemónico”. Como bien nos han enseñado la lingüística y la semiótica, los
discursos producen sentido, es decir, hacen actuar a la sociedad de una
determinada manera: los discursos se configuran como un espacio social
habitable. Entonces, para cerrar este pequeño debate con una nueva pregunta que
no pretendo contestarme: si el discurso jurídico consagra la visión legítima,
recta, del mundo social, el anarquismo, inmerso en este “campo de batalla”, ¿pretende
imponer su visión legítima?
Los discursos esconden detrás
estrategias de universalización y relaciones de dominación bien definidas.
Curiosamente este argumento esconde fuertes concepciones filosóficas
anarquistas. Deduzco que lo conocido como “interés general” hace que el campo
se imponga con un aparente desinterés. La ciencia, por ejemplo, es utilizada
como aval de prestigio para muchos discursos. Sin dudas es una más de las
fantasías sociales de las que habla Bourdieu, que esconde claras relaciones de
dominación, y lo que es aún más rico: dada la despersonalización que plantea
Bourdieu para esta visión estructuralista de la sociedad, el campo que se
impone, se impone incluso sobre aquellos que crean los campos para imponerlos,
aunque ciertamente tampoco existen “aquellos”. Por eso es que se afirma que el
campo jurídico y otros campos hegemónicos se exhiben a través de la ilusión, la
neutralidad, la universalidad, la autonomía y el desinterés. Si profundizo
mucho más allá sobre mis propias ideas correré el riesgo de imponer la lógica
de mi campo mucho más de lo que pretendo. Trataré de llevar a conciencia esta
idea cada vez que escriba. En conclusión, los
campos construyen discursos y rigen prácticas (imponen lo que hacer y
decir). El propio discurso de Bourdieu está generado a partir de un campo
jurídico y social o incluso su estudio puede constituirse
–institucionalizarse-como un campo que excede el agente que lo integra y
compone: Pierre Bourdieu.
Sigamos con el ejemplo de la
ciencia: la ciencia se subdivide para que todos los agentes científicos tengan
y conserven su posición en el campo, que siempre es lo establecido. Siguiendo
con este ejemplo y con lo anteriormente mencionado es la razón pura/escolástica
que pretende ser la que modifica el mundo, cuando en realidad está condicionada
por los discursos que, instalados en el mundo, se imponen a la hora de
establecer esa razón pura/escolástica, su propio discurso. La práctica
científica y el conocimiento práctico no son la misma cosa. Aceptar los
distintos espacios objetivos de la ciencia hace que no veamos la lucha de las
regiones científicas por predominar en el campo. Si analizamos brevemente el
mundo en el que vivimos, desmantelamos esto porque descubrimos las distintas
verdades que los distintos espacios/regiones han impuesto, aunque siempre hay
una verdad que predomina por sobre las otras que siempre aparentan tener su
lugar. Ese “aparentar” las hace seguir existiendo legitimadas. Por esto mismo
es que en el campo social muchas veces coexisten la verdad objetiva y su
negación. Prácticamente no existen los campos sociales libres de esta lucha
entre los distintos posicionamientos. Los agentes existen gracias a este debate
entre la vida y la muerte simbólica. Esto es, de cierto modo, la génesis del
“campo social”. En este “campo social” se establecen alianzas y complicidades
entre actores que ocupan posiciones idénticas o similares, y se entabla una
lucha de supervivencia en un esfuerzo por preservar el ser social al que se
pertenece ¿Estas alianzas no son acaso los sindicatos?
Estudiando los elementos de la
teoría de los campos de Pierre Bourdieu he concluido otra sentencia no
profundizada: cuanto más neoliberalismo menos control sobre los campos donde se
produce y reproduce el sentido –o menos control aparente- y por lo tanto más
protagonismo de ellos. A su vez, Bourdieu me despierta otra idea: todo lo que
aparenta no tener violencia en realidad puede usar esa apariencia para esconder
la violencia que ostenta.
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| Pierre Bourdieu |
Podemos jugar a hacer una
analogía con el ajedrez para comprender a la sociedad como un tablero en donde
cada individuo o grupo ocupa un casillero. Cada casillero es un espacio social.
Esos espacios se relacionan y luchan por el poder. Cada relacionamiento
conforma un campo. Los campos son estructuras y los límites para cada una de
esas estructuras varían según el campo –siempre depende de cómo cada campo se
relacione con los otros campos. A su vez, cada campo, en su materia, depende de
sí mismo. Esto es la autonomía de la que habla Bourdieu. Ya podemos ir
adelantando: dentro de cada campo siempre hay un capital en juego, que bien puede ser la adquisición de la verdad
dentro de su propio campo. Por eso es que los campos también podemos
identificarlos por sus intereses específicos, que no serán interés de los otros
campos. De este modo nos adentramos en el concepto de habitus, pues para que funcione un campo es necesario que haya algo
en juego y gente dispuesta a jugar: dos claras necesidades. Por eso, para jugar
es necesario dominar el habitus de
ese campo. Para que exista el campo cinematográfico es imprescindible la
presencia de agentes expertos que lo hagan existir y es, por otra parte,
necesaria la existencia de los ignorantes de ese campo para que el campo
cinematográfico pueda distinguirse de los demás campos. Sin ánimo de caprichos,
el binomio saussuriano se hace presente a la hora de definir el mundo. En otro
ámbito, podríamos afirmar que los espectadores profanos del fútbol tienen como
interés capital el entendimiento y la inclusión al campo de ese deporte.
Los campos de Bourdieu no son
una consecuencia de la sociedad; como tales serían fenómenos. Es la sociedad
misma la que funciona con la lógica de los campos; de allí su carácter
genético. La lógica del campo cinematográfico existe –como el resto de los
campos-, no en tanto consecuencia del funcionamiento social sino como porción
fundamental que existe y hace existir esta sociedad que nos sumerge. El campo
es entonces una construcción social y cultural. Por ello los cineastas y
críticos mantienen vivo al campo y lo establecen como tal y tienen por sí solos
la capacidad de influir en él. El crítico y el cineasta no actúan mecánicamente
en el campo cinematográfico. Validan y luchan contra las reglas de su propio
campo.
Los cineastas y críticos
cinematográficos luchan en su campo por una mirada cinematográfica apropiada
que debe imponerse según criterios que ellos manejan –acordes al habitus del propio campo
cinematográfico- en el presente que habitan. La Nouvelle Vague de Godard y
Truffaut –que no fue solo de ellos- fue claramente una lucha en el campo
cinematográfico europeo de los años ’60. A través de los Cahieurs du Cinema
–edición gráfica de crítica cinematográfica donde se gestó el movimiento-
retuvieron y expulsaron a los cineastas y críticos que jugaban con las reglas y
códigos que a su entender había que poner en funcionamiento dentro de la lógica
del campo cinematográfico. Lo que justamente permite ver a la “Nouvelle Vague”
como movimiento es la cohesión de mecanismos cinematográficos que llevaron a la
práctica.
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| Jean-Luc Godard |
La dialéctica del campo
cinematográfico, su constante movimiento, se genera en parte por los cambios de
mirada que a lo largo de la historia del cine se han ido imponiendo.
Paradójicamente, los agentes que buscan mantener ese poder sobre la lógica de
su campo pregonarán por la estática del campo, o como en el caso de Godard,
pretender que lo único permanente sea el cambio de esa mirada cinematográfica
sobre lo que se filma. Esa es también una manera de liderar el campo
cinematográfico. Podría decirse, y sin perversión, que la gran mayoría de los
agentes de un campo –el cinematográfico en este caso- buscan el liderazgo, por
la simple legitimación que el campo les exige para subsistir. Sucede otra
cierta lógica dentro de los campos –por caso el cinematográfico-, que para
adquirir la legitimación es necesario promover el dinamismo de quienes ya están
legitimados y por eso se trae a colación la necesaria confrontación de las
miradas cinematográficas por parte de las nuevas generaciones del cine.
Dominantes y dominados luchan permanentemente. El dominador promueve lo
estático y se genera reglas para lograrlo. La constitución se impone y se dice
de sí misma como la única norma vigente y la única vía posible para establecer
los cambios. Busca mantener el estatismo del dominador. Esta lógica que sucede
a nivel global puede hallarse a nivel local cuando un cineasta establece que
“un travelling es una cuestión de
moral” y entonces condiciona el movimiento de la cámara en muchos otros
cineastas que no se atreven a moverla. Claramente, los agentes dominadores de
un campo también se convierten en líderes de opinión. A su vez y por otra
parte, los dominadores legitiman instituciones y las instituciones legitiman
dominadores. Todo parece un gran plan en marcha que funciona casi a la
perfección.
¿Cómo ver el habitus en el campo cinematográfico? Se
ve con claridad en un rodaje. El modo en que los agentes se comportan
naturalmente con la lógica de su campo. A la vez que ponen en juego las reglas
del campo, las reproducen para que sean nuevamente aprehendidas. Hay un
conjunto de normas y reglas que se aprenden para dominar el lenguaje
cinematográfico, y estudiando a Godard un agente del campo cinematográfico
puede aprender a romper las reglas establecidas de dicho lenguaje porque todos los hábitos se reflejan en la acción
práctica: principio fundamental de habitus.
El habitus lo sostienen los propios
jugadores.
Para que un campo funcione
naturalmente es necesario e imprescindible la coexistencia de tres tipos de
capitales que Bourdieu distingue en capital económico, social y cultural. El
capital económico son los recursos monetarios y financieros que permiten al
campo cinematográfico su existencia real, su coste para la realización y la
difusión. El capital social es el entretejido de redes sociales que los propios
actores del campo tejen y que va a posicionar al campo cinematográfico con un status quo respecto a la globalidad de
los campos que coexisten en la sociedad humana. El capital cultural es aquel
que dispone a los actores del campo de una manera y con un comportamiento. Está
generado por el conocimiento impartido por las escuelas de cine y un capital
simbólico que está dado en la percepción y el entrenamiento de la mirada
cinematográfica que cada actor tiene. La importancia y la consecuencia que
deviene del repasar la historia del cine y de vivir el campo cinematográfico es
la de desentrañar y hacer existir el desarrollo de este campo que se ha ido
constituyendo espacial y temporalmente. Toda esa herencia es el capital del campo
cinematográfico y por ello excede la idea de capital económico. Sin dudas, el
planteo de Bourdieu es claro y nos hace ver cómo el capital es constitutivo y
sostenedor de la existencia del campo. Cada campo pone en juego su distintivo
capital. Los intelectuales del arte cinematográfico han ayudado de gran manera
a fomentar el capital cultural de este campo, tal como sucede con el Derecho o
con las ciencias.
Así como el Derecho ha impuesto
la ley, devenida del positivismo científico que se justifica por el
funcionamiento biológico de la naturaleza –qué importante resulta la palabra funcionamiento para abordar una lógica
de los campos-, el cine también termina por pretender universalizar y legitimar
su funcionamiento a través de leyes. “La ley del eje” es una norma que busca
establecer estáticamente un lenguaje por parte de quienes han augurado un modo
de hacer cine y es a través de este tipos de leyes que los agentes buscan
conservarse en el poder del campo cinematográfico. Godard en A bout du soufflé (1959) rompe el eje y
entonces puede inferirse que Belmondo se apunta a sí mismo con el arma tras la
persecución de un policía, convierte ese rompimiento del eje en algo
significativo, porque a través del lenguaje –usando el habitus cinematográfico- corrompe con una ley que deslegitima todo
poder establecido sobre el campo hasta lograr ser él mismo el legitimado. Por
ello tampoco es de significativa importancia reincidir en los mismos
rompimientos godardianos, pues él ya ha sido legitimado con el rompimiento de
estas leyes: “el primero que dijo el amor es una rosa fue un poeta; el segundo
fue un idiota”. Esta frase ilustra perfectamente la legitimación y el dinamismo
de los campos. Para mover el campo es necesario moverlo siempre de un modo
distinto. Como se ha venido haciendo. Mover el campo tiene que implicar siempre
una crisis de los paradigmas. Las leyes imponen habitus y el habitus se
corrompe para el necesario dinamismo del campo.
Señoras y señores, con un
ustedes, una síntesis introductoria y subjetiva a Pierre Bourdieu.


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