viernes, 18 de julio de 2014

Técnica Actoral III - "Yo soy Ofelia"

Experiencia guiada por Marisa Bentancour


Entré a un salón. Había un tanto de vapor y vaho, cuadriláteros dibujados con tiza –tipo Dogville (Lars von Trier, 2003)- con frases que predisponían estados; pretextos. En cada cuadrilátero un actor, ya sudado, algunos con pieles blancuzcas del agotamiento físico. Como excusa un texto shakespeariano que emanaba de cuerpos que repetían partituras de entrenamiento físico. Era un verdadero ejército de actores. Fieles al cansancio y superándolo.

Cuando se ve amor por lo que se hace, poco importa aquello de lo que se trata ese teatro, porque en definitiva empieza y termina por tratarse de un ejército de actores que al menos se muestra desviviéndose por lo que hace. Los espectadores empezamos a inquietarnos; queríamos arengar más rondas, una vez que estaban alcanzando otra hora más de entrenamiento físico; pero nos aburguesamos –algo que muchas veces nos hace el teatro-. Había que gritar con ellos, gritar, ponerse a hacer abdominales, ayudarlos con el texto: estábamos todos haciendo teatro y los dejamos solos. Mis disculpas por ello. Esto quiero ver arriba de un escenario. Un ejército de actores pasándose la pelota, jugando en equipo, compartiéndose y ayudándose, sin ego, cada uno como pieza fundamental del engranaje, sudando y tratando que cada vez sea mejor. “Yo soy Ofelia”. Cuando se rindieron al agotamiento estaban preparados para empezar. Darle al teatro un justo lugar en nuestras vidas, sabiendo que nuestras vidas son lo más importante que tenemos; nuestros seres, y uno decide si ser o no ser, como una cuestión imprescindible. Luego que lo asumimos nos entregamos a lo que hacemos, con todo el amor que nos moviliza, y no es una cosa más que tenemos que hacer en el día; tenemos el día para prepararnos a esa cosa que tenemos que hacer. Esos actores en sus cubículos ilusorios –cómo se ensalza el teatro cuando despierta ilusión- estaban preparándose para su mejor función, que nos compartirán pronto. Gracia a todos los que estuvimos allí. El teatro agota, pero no cansa. Siempre volvemos por un nuevo ensayo, donde degustamos de nuestra intimidad. Ese día hubo intimidad, porque fuimos todos actores. Gracias nuevamente, esta vez, a los actores que movilizaron esta posibilidad. Gracias, siempre después de la función; nunca antes. Mística y Teatro, Tragedia y Entrega, Texto y Cuerpo, Ilusión y Vaho, todo se volvió indisociable y por eso, inolvidable. Gracias. Por la experiencia, es decir, por el teatro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario