Experiencia guiada por Marisa Bentancour
Entré a un salón. Había un tanto de vapor y vaho,
cuadriláteros dibujados con tiza –tipo Dogville
(Lars von Trier, 2003)- con frases que predisponían estados; pretextos. En cada
cuadrilátero un actor, ya sudado, algunos con pieles blancuzcas del agotamiento
físico. Como excusa un texto shakespeariano que emanaba de cuerpos que repetían
partituras de entrenamiento físico. Era un verdadero ejército de actores. Fieles
al cansancio y superándolo.
Cuando se ve amor por lo que se hace, poco importa
aquello de lo que se trata ese teatro, porque en definitiva empieza y termina
por tratarse de un ejército de actores que al menos se muestra desviviéndose
por lo que hace. Los espectadores empezamos a inquietarnos; queríamos arengar
más rondas, una vez que estaban alcanzando otra hora más de entrenamiento
físico; pero nos aburguesamos –algo que muchas veces nos hace el teatro-. Había
que gritar con ellos, gritar, ponerse a hacer abdominales, ayudarlos con el
texto: estábamos todos haciendo teatro y los dejamos solos. Mis disculpas por
ello. Esto quiero ver arriba de un escenario. Un ejército de actores pasándose
la pelota, jugando en equipo, compartiéndose y ayudándose, sin ego, cada uno
como pieza fundamental del engranaje, sudando y tratando que cada vez sea mejor.
“Yo soy Ofelia”. Cuando se rindieron al agotamiento estaban preparados para
empezar. Darle al teatro un justo lugar en nuestras vidas, sabiendo que
nuestras vidas son lo más importante que tenemos; nuestros seres, y uno decide
si ser o no ser, como una cuestión imprescindible. Luego que lo asumimos nos
entregamos a lo que hacemos, con todo el amor que nos moviliza, y no es una
cosa más que tenemos que hacer en el día; tenemos el día para prepararnos a esa
cosa que tenemos que hacer. Esos actores en sus cubículos ilusorios –cómo se
ensalza el teatro cuando despierta ilusión- estaban preparándose para su mejor
función, que nos compartirán pronto. Gracia a todos los que estuvimos allí. El
teatro agota, pero no cansa. Siempre volvemos por un nuevo ensayo, donde
degustamos de nuestra intimidad. Ese día hubo intimidad, porque fuimos todos
actores. Gracias nuevamente, esta vez, a los actores que movilizaron esta
posibilidad. Gracias, siempre después de la función; nunca antes. Mística y
Teatro, Tragedia y Entrega, Texto y Cuerpo, Ilusión y Vaho, todo se volvió
indisociable y por eso, inolvidable. Gracias. Por la experiencia, es decir, por
el teatro.
No hay comentarios:
Publicar un comentario